Verbigracia:
—¿Quién es ese sujeto?—pregunto, al pasar junto á uno que, sin saber por qué, me llama la atención.
—El marido de Fulanita de Tal,—me responden.
No tengo más que averiguar... Ya sé que aquel sujeto es... nadie, menos que nadie, el que paga los despilfarros de la mujer cuyo nombre arrastra.
No puede darse, para un nieto de Caín, una condición más humillante, un desprestigio más lastimoso.
Pues esto es lo menos que le cuesta á un marido la gloria de serlo de una mujer de moda, ¡lo menos!
Y, sin embargo, con ello habría sobrado para... Les aseguro á ustedes que, pensando en la posibilidad de despertar de un sueño semejante, se concibe hasta la morcilla municipal.
La idea de esta posible catástrofe me excusa de extender mis consideraciones hasta los casos de lesión enormísima en el honor conyugal por los propios excesos elegantes de la mujer.
El lector, no obstante, puede discurrir sobre este tema, y de su cuenta y riesgo, cuanto guste: yo, entre tanto, voy á permitirme hacer una salvedad, que juzgo necesaria en mis inofensivos propósitos.
Al condenar la pasión desenfrenada del lujo y de la popularidad en la mujer casada, no pretendo someter á ésta á su antigua condición de esclava, ni transformarla en beata gazmoña, ni condenarla á perpetua clausura: tan peligroso sería cualquiera de estos extremos como el otro para la felicidad conyugal.—El menos severo de los moralistas cristianos, dice: time Deum et fac quod vis.—En la necesidad de formular yo mi pensamiento sobre el asunto en cuestión, diría algo parecido á este sabio precepto á las señoras mujeres... «Cumplid con vuestros deberes de esposas, y después haced lo que os acomode»; bien entendido que, sujetándose ellas á la condición de la primera cláusula, no me apuraría por verlas disfrutar ampliamente de la libertad entendida en la segunda. Ni la visita, ni el vestido, ni el paseo, ni el mismo rigodón, aliquando, presentarían entonces á mis ojos el menor síntoma alarmante.