Verdad es que las aludidas podrán objetar á este sabio dictamen: «Nosotras no buscamos buena fama, sino que, conservando la que ya tenemos adquirida, vamos, en alas de nuestro gusto, por la atmósfera de nuestras inclinaciones».
Pero es el caso que el sutil manco, como si previera esta objeción, añadió, para confundirla, la siguiente friolera:
«Mucho más dañan á la honra de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas, que las maldades secretas.»
Aunque esta máxima es contundente, yo quiero todavía prescindir de ella para dar la mayor amplitud posible á la defensa de las acusadas.
«Balzac y Cervantes», podrán decir éstas, «no pasan de ser dos hombres de mucho talento... según fama, pues nosotras jamás los hemos visto en la sociedad, y, por tanto, sus opiniones no son al cabo más que dos opiniones particulares».
Aceptando yo, por un momento, tamaña herejía, en mi propósito de atacar al enemigo (vamos al decir) en sus trincheras, apelo ahora á la sinceridad de los mismos satélites de esas señoras, ó, lo que es igual, sus apasionados, sus aduladores, sus amigos, las personas que más las admiran, acatan, estiman y consideran, y les pregunto:—Resueltos á casaros, ¿elegiríais para mujer propia á una de ésas?...
Pongo las dos orejas por la negativa.
Ergo... No formulo la consecuencia, porque está en la mente de todos, hasta en la de las aludidas, aun desde antes que yo estableciera como premisas los hechos consignados hasta aquí.
Una vez demostrada la existencia del peligro para la mujer, es evidente, por necesidad, el del hombre, que, á este propósito, no es más que un cuerpo con la desdichada virtud de reflejar, en tamaño centuplicado, la menor de las máculas de la honra de su adjunta.
Habrán observado ustedes que á medida que adquiere popularidad en el mundo el nombre de una mujer, va olvidándose el de su marido; y que cuando la primera está en la cumbre de su triunfal carrera, cuando se la cita en todas partes con la llaneza que más atrás indiqué, el segundo ha perdido todos sus títulos personales.