Y demostrada así la falsedad de su primera aseveración, paso á destruir la segunda; tarea harto fácil en verdad.
«Que aun conociendo la mujer casada el susodicho efecto; aun siendo éste el móvil de sus afanes, ni para su honra ni para la de su marido hay peligro en entregarse á ellos».
Demos de lado todo lo que se viene preceptuando, desde Jesucristo hasta el último de nuestros moralistas, acerca de la conducta pública y privada que debe observar una buena esposa: fuera este arma, por su temple, demasiado ventajosa para mí; y arguyendo sólo al sentido común, prescindamos también del estado, y consideremos á la mujer como sexo simplemente. Y ahora respóndaseme:—la que tiene por oficio hacer ostentación pública de sus atractivos morales, físicos y artificiales; aceptar lisonjas y galanteos, y resistir más de un asedio tenaz, ¿se expone á sucumbir en la lucha?—Es evidente que sí; y aunque la historia de la humana debilidad no lo enseñara, me lo confirmaría el hombre mismo, el vencedor en esas luchas, poniendo un guardián á la virtud de su hija, de cuyas fuerzas desconfía, porque él las ha probado en otro terreno análogo.
Y si la hija es débil, ¿por qué no ha de serlo la esposa joven? ¿Tienen acaso distinta naturaleza?
Pero aún quiero suponer, cerrando los ojos á la elocuencia de los mil desastres conyugales que recuerdo, que todas las mujeres de moda salen vencedoras é incólumes de sus luchas. La fama que en ellas adquieren pregona la posibilidad, y, muy á menudo, las probabilidades de todo lo contrario.
Una mujer casada, como la del tipo que nos ocupa, lo primero de que prescinde es de sus deberes domésticos, de los derechos, de la autoridad, de la consideración, de todo lo que se refiere á su marido.
Pues este síntoma, según Balzac, hombre competentísimo en la materia, se presenta siempre que la mujer está resuelta á profanar la fe conyugal; y no es lo peor que lo diga él, sino que los hechos comprueban, con una precisión horrible, la exactitud de la máxima.
Callo, en obsequio á la especie, la definición que da el mismo filósofo de la mujer que vive, como ésta, de sus vanidades mundanas: sus adjetivos sacan sangre, y yo no soy cruel.
Recomiendo, en su defecto, la no menos autorizada opinión, aunque más suave, del sublime Cervantes, á propósito del mismo asunto.
«La buena mujer, dice, no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo».