Decía que la mujer casada no aceptaría jamás, ostensiblemente, como móvil de su presunción, el efecto sensual que he definido; al contrario, sostienen todas que al rendir á la moda ese ostentoso testimonio de adoración, no les anima otro afán que el de satisfacer esa misma pasión; que visten, que bailan y que pasean como el gastrónomo come y bebe el sediento y estudia el sabio; pero que, en todo caso, aun cuando (y esto lo dicen en confianza y muy bajito), aun cuando el efecto que causan en el otro sexo sus exhibiciones y coqueterías les fuera previamente conocido, ningún peligro corrían en ello, ni tampoco sus maridos, supuesto que el sentimiento de los deberes, su educación, etc., etc... se opondrían, y que es un agravio hasta hacerlas capaces, por un instante, de exponerse siquiera á... y que su distinción por arriba, y que su dignidad por abajo... En fin, que no puede ser.
Yo voy á demostrar que sí.
Al efecto, examinemos su tesis. «Que visten y bailan y triunfan por el mero afán de vestir, de bailar y de triunfar; y que aunque otra cosa fuera, ningún riesgo corrían en ello ni su honra ni la de sus maridos».
Tenemos aquí dos aseveraciones, á cual más importante, que rebatir; y para proceder en orden y con mejor éxito, empiezo haciéndome cargo de la primera.
La mujer que necesito para ejemplo la conoce perfectamente el lector, y se la encuentra todos los días en la calle, en los entierros, en el teatro, en el paseo, en las tiendas; en todas partes, menos en su casa. El invierno, el verano, el frío, el calor, la lluvia, el sol, las tinieblas, la alegría, las lágrimas de los demás... todas las estaciones, todas las horas, todas las circunstancias climatéricas, meteorológicas y astronómicas; todas las preocupaciones, todos los acontecimientos sociales, políticos y religiosos, la ayudan en su empresa: todo lo explota para sus fines.—Con el barro, se luce una bota hecha ad hoc en Francia; sobre el polvo, se arrastran unas enaguas que harían la fortuna de un pobre; con el frío, se ostentan las ricas pieles y el pesado terciopelo; con el calor, las gasas leves; de noche, el abrigo fantástico; en el duelo, la mantilla de encajes, el rosario de gruesos corales ó las doradas cifras del devocionario relié en oloroso cuero; en el baile, en los salones... ¡oh, aquí todos los recursos de la fortuna, de la naturaleza y de la coquetería!—Esta mujer no existe solamente en los grandes centros de la elegancia; existe también en la más humilde capital de provincia. En la corte será su teatro más grande, más aparatoso; pero su papel es el mismo en los pueblos provincianos, con la ventaja de ser en éstos sus relumbrones de mayor efecto, su vocación más enérgica, su voluntad más decidida. En una como en otra región, este tipo vive para todo menos para su familia, y de todos se deja ver menos de sus hijos y de su cocinera. Los demás puntos de diferencia importan poco ó nada en los tiempos que corremos; y lejos de las etiquetas palaciegas, una ejecutoria de rancia nobleza se suple fácilmente con un caudal efectivo... ó aparente, con un destino bien remunerado, ó con uno de esos créditos de prestidigitación que, por más que no se conciban en su origen, se dejan apreciar á cada paso en sus efectos.—La posesión de cualquiera de estos diplomas y un palmito regular, bastan á una mujer vana para hacerla creer que no es vulgo, que es distinguida.—Inmediatamente, no conformándose con que su propio convencimiento se lo diga, exige el testimonio de alguno más; después no le basta que dos, diez ó veinte que la hallan al paso se lo confirmen: necesita hacerse sentir en todo el círculo de sus semejantes.—Así se lanza á la carrera del buen tono.—Si el porvenir se vislumbra en ella, se observa entonces que adquiere popularidad en esta esfera su hechizo especial; verbigracia, la pantorrilla, un lunar en el hombro... algo que pertenezca al catálogo de lo oculto y á la jurisdicción exclusiva de los ojos de su marido.—Es de advertir que cada mujer de esta madera tiene su especialidad por el estilo, y también es de notar que no ignora que los hombres la conocen en todos sus detalles... y que no la conocen éstos por haber sondeado con ojo profano los misterios del tocador, sino porque ella la ha puesto coram pópulo con la frecuencia necesaria y en ocasión oportuna.—Así las cosas, necesita popularizarse toda entera; y, por ende, aspira á que de ella se hable como del sol; que nadie ponga en duda sus resplandores; á que sean proverbiales su belleza y su elegancia, hasta entre aquéllos que no la han visto. Si lo consigue, un síntoma infalible se lo da á entender: deja de ser señora, y se convierte simplemente en Fulana de Tal, sin más doña, ni más de, ni otra zarandaja; ó en Fulanita, ó Fula, ó Fulita Tal; con la cual contracción, tan lisa y llana, la citan siempre en sus recuerdos, pollos, modistas, solterones, cursis y demás gente nociva... y la prensa, si la hay en el pueblo, que sí la habrá, gracias á Dios, para sahumerio, cuando menos, de estos ídolos, y decirnos si van ó si vienen, ó si vestían de nube ó de carámbano la noche de la recepción de X ó de Z.—La popularidad en esta forma es la consagración del apetecido encumbramiento de la heroína.—Los hombres la admiran y la codician; las mujeres la odian. Triunfo completo.
Substancia de todo este potaje: una mujer á la moda, que aspira siempre, y en ocasiones llega, á ser una mujer de moda.
Esta aspiración significa: una lucha sin cuartel con todas y cada una de las mujeres que se dirigen al mismo fin, y con las que á él han llegado ya; arrancar á éstas el cetro y conquistar á todas ellas su corte, ó sean sus apasionados satélites.
Entre éstos hay mucho tonto, es verdad: muchos hombres que sólo anhelan que el público los vea en familiar inteligencia con el astro de moda; pero los hay también muy diestros y muy pegajosos, que van derechos al bulto, y no gustan de perder el tiempo en escarceos inocentes.
Es preciso, pues, tolerar á los unos; transigir, hasta cierto punto, con los otros, y mostrarse afable, nada escrupulosa y un tantico insinuante con todos. (Aquí asoma la oreja la causa de la publicidad del precitado hechizo secreto). Y poner en juego el arsenal de recursos que tal campaña exige; defenderse, acometer, herir con ellos, según las circunstancias, y no conocer sus respectivos efectos la misma persona que los maneja con magistral habilidad, ¿es posible acaso?
Concediendo cuanto en este asunto puede concederse, admito que no sea la sensación de marras en el otro sexo el móvil único y exclusivo de los alardes públicos de esta mujer; pero negar que la conoce y que la acepta como el arma más poderosa para llegar al fin que se propone... es imposible, porque está á la vista.