—Por rendir culto á un sentimiento de amor á lo bello, que es innato en nosotras—vuelven á responderme;—por parecer bien, como se dice vulgarmente.

—Y ¿qué es eso de parecer bien, tratándose de la mujer?—insisto.

—Causar cierta complacencia en los hombres de buen gusto, y la mayor curiosidad posible en las mujeres de nuestra esfera,—me responden aún.

—Y ¿qué pasa por los hombres cuando se deleitan en la contemplación de los hechizos de una mujer?...

Aquí callan éstas, quizá por ignorancia, acaso por prudencia; pero callan. Mas, en su defecto, responde la experiencia de mis francos lectores:

—Un deseo más ó menos vehemente, más ó menos pronunciado, de esos mismos hechizos.

—Luego—concluyo yo,—la mujer que adorna sus naturales gracias con el fin de embellecerlas más y más á los ojos voraces de los hombres, si deliberadamente no provoca el asedio de éstos, da, cuando menos, ocasión á él. Esto es lógica pura.

Ahora bien: no tengo inconveniente en admitir esta conclusión para la mujer soltera, que, al cabo, con ese anzuelo se pescan casi todos los maridos; pero la que ya le tiene, ¿debe ostensiblemente aceptarla para sí? ¿Puede, acaso, sin su propio desdoro? No, seguramente.

Y aquí me sale al encuentro un hecho que se está dando testerazos con esta ley.

Mientras la mujer es soltera, las faltas que cometa refluyen sobre ella exclusivamente, y nadie más que ella paga, á costa de su porvenir, las flaquezas ó debilidades de su fortaleza; pero desde el momento en que se casa, todos sus deslices redundan en desprestigio, en desdoro de su marido. Pues bien: el hombre sabe esto (¡como que en su egoísmo lo ha dictado él como una ley social!), y sin embargo, en su ciega obstinación, cuando se trata de la hija, toda precaución se le antoja escasa, y cuando se trata de la esposa, toda libertad le parece poca. Á la primera le exige un guardián asalariado para la calle, cuando carece de una madre ó de una hermana, no soltera, que le preste el amparo de su autoridad; le tasa el número y la clase de los espectáculos y las horas de paseo; le prescribe el modo de andar, las expresiones del rostro y los asuntos de sus conversaciones; le fija el color, la calidad, la forma de sus vestidos, y hasta le impone las horas de descanso y los platos de su comida. Á la segunda, ni una traba, ni una restricción en su conducta pública ó privada: es libre como el aire; va por donde quiere y cómo y cuando quiere; viste lo que más le gusta; habla de lo que se le antoja y se ocupa en lo que más le agrada. En suma: á la doncella, todas las seguridades; á la casada, á su propia mujer, es decir, á su propio honor, todos los peligros. Áteme usted esa perspicacia por donde pueda... y prosigamos.