Quién otro, artista fanático, gana el pan que le sustenta vergando pipas de aceite ó pesando fardos de pimentón...
Y si así no fuera; si Dios, en su infinita misericordia, al echar sobre la raza de Adán tantísima desdicha, tanta contrariedad, no hubiera dado al hombre una memoria frágil, un corazón ingrato, un cuerpo de hierro y una razón débil y tornadiza, ¿cómo llegaría al término de su peregrinación por este mundo pícaro sin ser un santo?
Pues bien: esta misma ley, que tal se enseñorea de nuestro corazón y de nuestro temperamento por su propio é inatacable origen, se impone también al humano criterio y le obliga á aceptar como cosas corrientes los absurdos más peligrosos.
No es otra la razón del baile, como fórmula solemne del regocijo social en la Europa civilizada, donde, oficialmente, el rubor, la compostura, el decoro de la doncella, tienen un culto; ni me explico de distinta manera la causa de que en esos certámenes lujosos de la escogida sociedad, sea la mujer casada la que da el tono en salones, espectáculos y paseos, con pleno, omnímodo, amplísimo consentimiento de su legítimo consorte.
Y ahora que estamos en nuestro terreno, discurramos sobre este hecho tan notorio como transcendental.
Y pregunto yo:
—¿Para qué se adorna la mujer?
Y me responden todas ellas:
—Para embellecer más y más nuestros naturales atractivos.
—Y ¿por qué queréis embellecerlos más y más?—vuelvo á preguntar.