Tal es el único consuelo que puedo ofrecer en este instante á las especies inferiores, que, como el hombre mismo, gimen bajo la tiranía del lobo del poeta.

1870.

LA MUJER DEL CIEGO

¿PARA QUIÉN SE AFEITA?

Es evidente que el hombre se acostumbra á todo.

Ama con delirio á su esposa, á su hijo, á su madre: cree que si la muerte le arrebatara el objeto de su amor, no podría sobrevivirle; y llega la muerte al cabo, y le lleva la prenda querida... y no se muere: la llora una semana, suspira un mes, viste de luto un año; y con el crespón que arranca de su sombrero á los trece meses, desarraiga de su pecho el último recuerdo doloroso.

Vive en la opulencia, contempla la miseria que agobia á su vecino, y cree de buena fe que si él se arruinara sucumbiría al rigor de la desesperación antes que aclimatarse á las privaciones, á la levita mugrienta, á la estrechez de una boardilla y, sobre todo, al desdén de los ricos; y un día la instable rueda da media vuelta, y le coge debajo, y le desocupa los bolsillos, y le desgarra el frac, y le reduce á la más precaria de las situaciones; y lejos de morirse, frota y cepilla sus harapos, devora los mendrugos de su miseria, y con cada humillación que le produce el desprecio de sus mismas hechuras, más afortunadas que él, siente mayor apego á la vida.

Quién se imagina, porque nació en América, que sin aquel sol, sin plátanos, sin dril y jipi-japa, fenecería en breve; y la suerte le trasplanta á la mismísima Laponia, y allí, bajo una choza de hielo, sin sol, chupando témpanos, royendo correas de bacalao y vestido de pieles, engorda como un tudesco.