Acepto el reto, por más que, probada mi tesis con relación á la especie, nada signifique contra ella la excepción del individuo.
El hombre de la civilización devora también á sus semejantes.
Como pueblo, ataca al de enfrente por ensanchar un palmo más su territorio, ó por vengar la injuria envuelta en una frase que su misma diplomacia no ha logrado descifrar; y en estas perdurables empresas sacrifica millares de víctimas, que ni el consuelo tienen, al morir, de saber por qué se han batido; tala los campos, arrasa aldeas, villas y ciudades, y siembra el luto y la desolación por todas partes.
Como individuo, explota, humilla, veja y martiriza á cuantos halla un grado más abajo que él en la escala de la fortuna; por satisfacer una venganza mezquina, acecha á su enemigo, y, rastrero y cobarde, le clava un puñal en el corazón; tiene esclavos, así como suena; esclavos á quienes apalea y acorrala, y vende y cambia y anuncia, como si fueran bestias; y por último, so pretexto de un pudor que, á serlo, infamara al mismo Lucifer, más de dos veces arroja al fondo de una letrina el fruto de su propia sangre.
Para coronamiento de gloria de la especie, recuérdese que ésta necesita una ley y un verdugo para matar con hierro á quien con hierro mata.
Ahora, respóndaseme con franqueza:
¿Es esto devorar á sus semejantes? Y si no lo es, de ello á comerse uno al vecino en pepitoria, ¿hay muchos pasos de distancia?
Que se ponga de moda en París la carne humana como se ha puesto la de caballo, y, aunque no peco de rollizo, verán ustedes lo que tardo yo en liar el petate y en buscar, más que de prisa, una guarida donde jamás haya respirado la prole de Adán.
Entre tanto, bueno es que conste que veinte siglos ha dijo Plauto: Homo, homini lupus: el hombre es lobo para el hombre.
Su enfermedad, como se ve, procede de muy atrás; y como quiera que, lejos de decrecer, ha ido en aumento, puede fundarse en ello la esperanza de que, si Dios no lo remedia, no ha de sanar en los siglos de los siglos.