Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza.
Entre tanto, acosado por el hambre ó extraviado en la senda, un fiero morador de las selvas baja un día al valle; pasa rápido junto á la morada de un hombre; halla delante una res de la pertenencia de éste, y le tira una zarpada que vale al salvaje animal media libra de carne. Sábelo el hombre; toca á concejo; ármanse los vecinos; echan tras la fugitiva bestia; alcánzanla en el monte; danle una batida, y acaban con su vida á palos. Cunde la noticia del suceso; apodérase de ella la prensa; desgañítase ésta pidiendo á las autoridades que exijan á sus dependientes la más exquisita vigilancia; llama héroes á los apaleadores, y no parece sino que el equilibrio del globo terrestre dependió del buen éxito de la paliza aquélla. ¿La llevarían menuda los hombres, si después de ésta y otras fechorías fuesen llamadas las bestias á legislar sobre la tierra?
Mas contra esta consideración se subleva nuestro orgullo de raza. Ó somos, ó no somos hombres. ¿Lo somos? Luego el mundo y cuanto en él y sobre él crece y respira, nos pertenece.
Niego resueltamente este principio tiránico. Si en la mente sublime del Hacedor supremo cupo, al crear la oveja y el caballo, la idea de que el hombre utilizase el vellón de la una y el trabajo del otro, no pudo ofrecerle los tormentos y la agonía de entrambos para su deleite. La crueldad y la ingratitud son vicios de la humana naturaleza, no la obra inmediata de quien es la suma perfección. Por eso los castiga inexorable.
Por tanto, creo que, en el supuesto caso, merece el hombre la consabida paliza como un santo un par de velas.
Más aún: creo que el hombre es el bicho de peor intención, más malo, más dañino de cuantos viven sobre la faz de la tierra.
Y lo pruebo con nuevas razones. Hemos visto hasta aquí que el bípedo á quien Platón llamó implume, persigue y atormenta á los irracionales siempre y en todas partes... y porque le da la gana. Se ha observado más. Al hallarse sorprendido el hombre con la presencia de un individuo de una especie que no es la suya, su primer impulso es tirarle con lo que encuentre á mano; matarle, si es posible.
Las bestias, en su estado de libertad, huyen del hombre y viven con sus propios recursos, y las más feroces no le atacan si, en su insensato atrevimiento, no va él á provocarlas en sus recónditas guaridas. El mismo tigre no mata si el hombre no le obliga á ello; la víbora no muerde si no la pisan.
Se llama fiero al león, carnicero al lobo, porque viven á expensas de la sangre de las especies inferiores. Y ¿qué hace el hombre? Eso mismo y algo más. El león no devora al león, ni el lobo al lobo; pero el hombre devora también al hombre, de lo que pueden certificar no pocas tribus salvajes de ambos hemisferios.
Nuestro orgullo de raza vuelve á sublevarse aquí, y exhibe como protesta, contra ese resabio de la barbarie, al hombre civilizado.