Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida humana sigue tan achacosa y breve como antes, y á esto me atengo. Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos, el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de sorprender á la naturaleza animal un secreto que, aun después de descubierto, no había de hacer más feliz á la humanidad.
Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su abrigo, y que las mimase como á las niñas de sus ojos. Pues no, señor: todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta sangrar por los hocicos.
Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si se para ó si tropieza.
Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los envía al matadero.
La recompensa que da Pedro á las fatigas de su caballo, que le ha servido diez ó quince años, es aún más digna de la ingratitud de la raza humana: se le vende por un puñado de pesetas á un contratista de la plaza de toros; y dicho está con esto que Pedro es español, y que, por ende, acude solícito á la corrida en que sale á la arena su caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro á que le expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso á las astas de la fiera, que á la primera embestida le arroja al suelo y le desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver á su caballo levantarse aún, merced á los palos que se le administran, y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa y desgarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo «¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de refresco, ladrón al empresario, pillos á los picadores, tunantes á los chulos y estúpido al presidente; pero no vomita estos improperios porque hayan desbandullado á su caballo, no, señor, sino porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia de víctimas. Y la prensa ilustrada, al siguiente día, cuando reseña la función, al llegar á este toro que destrozó siete caballos é hirió á tres lidiadores, le llama bueno y voluntarioso, y al pobre jaco de Pedro, sardina, aleluya, oblea y otras transparencias por el estilo; del picador que lastimó con el hierro, indebidamente, el cuello de la fiera, y á lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la suerte, dice que es un tumbón, y que el presidente debió enviarle á la cárcel.
Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas ad majorem gloriam de la celebérrima fiesta nacional.—«En los circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es verdad que allí es donde vemos al hombre medir á su semejante con la misma vara que á nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el toro, que no embistiera si no se le hostigara».
Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas bestias quizá no sea preferible, á morir de una cornada, espirar con los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez minutos buscando el oro de la apuesta... de sus amos.
Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias á Dios, y cuadros en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón que acude á desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo.
Todos éstos y otros muchos favores por el estilo, tienen que agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina, con el filantrópico objeto de acabar con la media docena de excepciones rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la morcilla traidora.
Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno y pueden ayudarle ó estorbarle. Surca también los mares, y de su seno roba el esquivo pez, y le fríe, á veces vivo, ó le reduce á la triste condición de cautivo en una mezquina vasija, ó, cuando más, en una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de su libertad el seno y la inmensidad del Océano!