¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que la sujetaba; y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve, medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles, suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el perdón del carnicero.

Siempre que veo, diariamente, conducir centenares de estas reses al matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he guardado muy bien de volver á presenciar.

Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina, ese líquido que se administra cincuenta veces al día á los enfermos, y se recomienda, por substancioso, á todas horas, y se usa á cada veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y ¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige la costumbre para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia, que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No cabe suplicio más feroz... ni más frecuente.

El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve; pero en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace, haber puesto en alarma á la especie, no obstante lo bestia que es.

Y ¿qué diremos del señor de la cerda, del apreciable individuo «de la vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él! Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una muerte ignominiosa ocasión á una fiesta de vecindad; para ofrecer su agonía por blanco á la burla, á la sátira y al escarnio de un barrio entero... y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco, entran por docenas las personas que rodean á la cerdosa bestia en su último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse y hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el apoyo en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las subsiguientes al sacrificio.

En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea lavando la garganta del reo, y raspando en seguida la parte lavada con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y ¡chiff! le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida, acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando á tientas el corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! Á la cuarta ó quinta calicata de esta clase, espira la víctima entre la rechifla, los puñetazos y los improperios de sus matadores, que le hacen esta despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se destocina, ó descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura aún la broma y el buen humor, en torno á los sangrientos despojos, media semana.

Aunque la forma de éstos y otros delitos, que no quiero citar por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha ido acostumbrando á ellos, cediendo á las exigencias de una supuesta necesidad que le obliga á cometerlos.

Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables á todas luces.

Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de hombres pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura. Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite salir todas las mañanas muy temprano á tirar cuatro perdigonadas á los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina ó la calandria; es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería. Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse á almorzar, entre los seis ú ocho pájaros que contiene su morral, halla tres ó cuatro que están vivos, aunque con un ala rota ó el pecho atravesado.—«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el seráfico rentista. Y al llegar á casa, entrega gozoso á sus inocentes retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta circunstancia no divierte á los rapaces, cada uno examina el que le pertenece, pluma á pluma y hueso á hueso. Así consigue tropezar con el ala rota ó con la patita hecha astillas, á cuyo brusco contacto el pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas. ¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata ó del ala, ó pincha que pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en la tarea, comienza á aporrear los muebles de la sala con la cabeza del pájaro, ó le echa, vivo aún, á la lumbre, ó le ata al extremo de un cordel para que el gato le vaya destrozando poco á poco.

Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia, tiene la casa llena de animales que le ayudan en sus experimentos. Quiere estudiar, por ejemplo, la virtud de un tósigo que ha extraído de la planta a ó b: va al corral, atrapa un conejo, le lleva á su gabinete, le aplica á los ojos, ó á la lengua, ó á una herida que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno; y si éste es fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le tienen ustedes un día ó una semana sufriendo horrores y presentando á cada instante síntomas que el sabio devora con ansiedad febril. Para estudiar la circulación, diseca á un pollo, ó á un perro, ó á otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo, y al microscopio en seguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión sobre el terreno, y, para conseguirlo, abre al perro ó al gato un boquerón en el pecho hasta dejar descubierto el estómago, ó taladra quizá esta víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver, palpar y analizar los jugos... y qué sé yo cuántas cosas más?