II

Una administración municipal no se hace odiosa á un aldeano por el solo delito de ser algo más cara que otras que la antecedieron: suspira, murmura, pero no pierde el sueño porque le pidan el recargo, y el recargo del recargo, y el tanto por ciento más sobre todos estos recargos, y dos del anticipo, y tres del empréstito, y cinco de consumos, y tanto del puerto, y cuánto de los pastores, y esto para el médico, y lo otro para el señor cura. Todas éstas y otras exacciones llevan apariencia legal: el aldeano cuenta siempre con ellas ó con otras parecidas; y aunque alguien más sagaz pudiera, con mucha frecuencia, hallar no poco que tachar, así en la calidad como en la cantidad de lo exigido, él lo paga religiosamente y no se escandaliza, porque no le extrañan los motivos.

Pero es el caso que, después de descansar pagando, como, en señal de su ingénita honradez, dice el pobre hombre, logra éste, á fuerza de privaciones, esconder un roñoso ochavo en el pico del arca. Aquel ochavo es, con otros que irá juntando poco á poco, una chaqueta nueva para él, ó una saya para su hija, ó el puchero limpio del primero de la familia que caiga en cama, ó el socorro para el chico si la suerte se le lleva al servicio de las armas, ó el calor del invierno, ó el pan de la primavera. Robarle aquel ochavo es robarle la paz, el sueño, el mayor pedazo de su alma.

Pues bien: este ochavo es, precisamente, el ochavo del secretario.

Cómo le huele, no siempre se sabe, ni nos importa. Cómo le saca, es lo que iremos viendo poco á poco.

Al efecto, extendamos más el lienzo y bosquejemos algunos accesorios esenciales á la figura principal.

La corporación municipal, como que en el pueblo no hay otra cosa, se compone de media docena de toscos, sencillos é ignorantes labriegos, para quienes es una carga insoportable la obligación de asistir á las sesiones. Generalmente, estos concejales ignoran por qué y para qué lo son; cuáles son sus atribuciones y hasta dónde alcanzan. El secretario preside, el secretario habla, el secretario resuelve, el secretario lo hace todo. El alcalde y los concejales firman como autómatas, y no pocas veces temblando, como soldado novel que corre á la brecha en pos de su jefe, y teme que aquel esfuerzo de disciplina le cueste la vida. Porque es de advertir que estos pobres hombres, recelosos por naturaleza, y que tantas cosas ignoran, no desconocen que están amarrados como bestias á la voluntad del secretario.

El juez de paz, ó municipal, es otro campesino de la misma madera que los concejales: deletrea mal el catecismo, apenas sabe firmar, y así entiende de códigos y de interpretar leyes, como de capar cigarras. Mal sentado en el tosco banco de la justicia, sabe decir tartamudeando:

—Hable Juan, ó conteste Pedro.—Y Juan y Pedro hablan y riñen, y aun quizá se cascan las liendres. Y nada más. Pero el juez tiene á su lado un secretario, y este secretario habla, discurre y sentencia por el juez, que no da señales de vida sino para firmar la sentencia.

El tal secretario es el mismo del ayuntamiento, porque el juzgado no produce bastante para permitirse el lujo de uno especial.