Tales y parecidas cavilaciones me asaltan la mente cada vez que, obligado á ello por una irresistible exigencia de carácter, me detengo á contemplar con infantil curiosidad esos enjambres de niños que á las horas de paseo invaden las alamedas, y corren, y saltan, y gritan, y dan vida, gracia y armonías, como los pájaros al bosque, con sus regocijos y colores, á aquel monótono bamboleo de señores graves y de jovenzuelas presumidas, que recorren, arriba y abajo, el recto y empolvado arrecife, como tropa disciplinada en revista de comisario.
¡Qué asombrosa variedad de formas, de matices, de adornos, de calidades, la de aquellos arreos infantiles! No se ven dos vestidos iguales, ni rapaz que no varíe el suyo tres veces á la semana; y cada traje es lo que aparenta, es decir, que no es pana lo que parece terciopelo, ni talco lo que por oro toma la vista.
Lo mismo que los trajes son los juguetes. El sable es de hierro bruñido; la empuñadura, dorada; sus tirantes, de charol; y al ser arrastrado con marcial donaire por el microscópico guerrero, vestido rigorosamente de húsar ó de dragón, suena como los sables de veras; la pistola es de hierro, y tiene articulaciones; y ya con un corcho, haciendo el vacío, ó ya con un fulminante colocado en su chimenea, produce tiros verdaderos; con el fusil sucede lo propio, y además tiene bayoneta que encaja en la extremidad del brillante cañón, con todas las reglas militares; las canicas son primores de vidrio colorado; los coches remedan, en forma y calidad, resistencia y comodidades, á los que ruedan en las calles, tirados por fogosos brutos... Y así todo lo demás, porque la industria moderna, explotando á maravilla estas debilidades humanas, tiene fábricas colosales que no producen otra cosa.
Pues bien: yo me traslado con la memoria á los años de mi infancia, y á los mismos sitios en iguales horas y circunstancias, y no puedo menos de asombrarme de la diferencia que hallo entre el enjambre que bulle entre mis recuerdos y el que tengo delante de los ojos.
Véome allí, entre mis contemporáneos, jugando á la gallina ciega, al marro ó á las cuatro esquinas, tirando de vez en cuando un pellizco al mendrugo de pan que se guardaba en el bolsillo para merendar, ó formando parte del grupo que devoraba con los ojos un lorito de cartón, tamaño como un huevo de gallina, que no soltaba de la mano un camarada feliz á quien se le había traído su padre, no sé de qué parte del mundo ni con qué fausto motivo; ó armando en apartado rincón la media docena escasa de fementidos soldados de plomo; véome, repito, con mi traje de todos los días, ó sea el desechado de los domingos del año anterior, corto, descolorido y opresor, amén de repasado y añadido. Y ¡qué traje!
Seguro estoy de que mis coetáneos no necesitan que yo se le describa, pues no habiendo más que un modelo para todos, y tirando con él hasta que nos vestían de muchachos, acordaránse de él como si aún le tuvieran encima. Pero he de describirle, siquiera para demostrar parte de mi tesis á los ojos de cuantos, más acá y á la edad aquélla, han arrastrado por los suelos ricas lanas y deslumbrantes sedas:
Un calzón, ceñido á la rodilla, con muchos frunces en la cintura, de lo cual resultaba una culera (déjese el lector moderno de remilgos, y acepte la palabra corriente entonces) monstruosa y exuberante, que se bamboleaba á diestro y siniestro, según que las piernas se movían; uníase á la cintura por innúmeros botones, otra en que terminaba, sobre el vientre, una especie de blusa con mangas, también fruncidas, y puños ajustados; sobre los hombros se tendía, cayendo por detrás hasta media espalda, un cuello blanco llamado vuelillo, en la cual prenda agotaban nuestras madres su paciencia, su gusto, sus larguezas y su ingenio; por lo que los tales vuelecillos eran ora calados, aliquando con encajes (de imitación, se entiende), á veces bordados, y muy á menudo tenían una borlita en cada pico delantero; medias blancas el que quería gastarlas, pues no era mal visto ir en pernetas, y borceguíes de becerro hediondo, ni más finos ni más relucientes que los que gastan hoy los peones del Muelle. Sobre este conjunto, y faltando á todas las reglas arquitectónicas y de buen gusto, una gorra de pana morada, muy ancha de plato y muy estirado éste, como piel de pandero, por la virtud de un aro de palo que tenía dentro, y de uno de cuyos bordes, creo que el derecho, colgaban hasta los hombros dos borlas de canutillo, descomunales.
Mientras todo esto era nuevo ó poco usado, llamábase vestido de los domingos; cuando á los calzones se le habían soltado todas las lorzas, y á la blusa los frunces, y además tenía ésta medias mangas, y los otros refuerzos en las rodillas y en el trasero; y á la gorra, ya sin borlas ó con los cordones solos, se le salía la punta del aro roto por un lado, y cuando los borceguíes, con tapas, bigoteras y medias suelas, sin lustre, orejillas ni correas, más servían de grilletes que de amparo á los pies, llamábase, y pasaba á ser, vestido de todos los días.
Y lo era tan al pie de la letra, que así se casara el rey ó se tomara á Gibraltar, y el mundo se hundiera con música y cohetes, el traje de los domingos no salía á luz más que en éstos ó en las fiestas de guardar, bien especificadas en el calendario.
Á lo sumo, se nos permitía la media gala; es decir, poner con el vestido viejo la gorra nueva ó los borceguíes flamantes.