En tal guisa íbamos á la escuela, y después al paseo, con el ya citado mendrugo de pan en el bolsillo, comiéndole á retortijones mientras corríamos, saltábamos ó nos contaban ó contábamos cuentos de ladrones y encantados.
¿Quién de mis coetáneos podrá jactarse de haberse divertido en estos lances sin que los calzones ó los zapatos se le reventaran por alguna parte, y sin que asomara por ella medio palmo de camisa ó el dedo gordo del pie, libre, desde mucho antes, de la prisión de la media correspondiente?
Y yo pregunto ahora: ¿hay hijo de remendón de portal, que se presente hoy en un paseo con el traje más raído que el de la flor y nata de los rapazuelos de entonces? ¿Hay cuero que más dure, colgado de una percha, que lo que duraba sobre nosotros un vestido de...? yo no sé de qué demonios eran aquellas telas, y voy á decir algo á este propósito.
Iba uno muy ufano con su madre á ver cómo ésta sacaba género para un vestido que nos iban á hacer, después de estar dos meses hablándonos de ello en casa, y prometiendo nosotros «ser buenos, obedientes y aplicados».
—Saque usted tela de estas señas y de las otras,—decía la buena señora, después de saludar á doña Sebastiana ó á otra apreciable tendera por el estilo, y de haber preguntado ésta por todos y por cada uno de los de nuestra casa, y de acusarnos in facie materna de cualquier travesurilla que nos hubiera visto hacer delante de la tienda, al salir de la escuela, con lo cual nos poníamos rojos de vergüenza y de ira. Inmediatamente echaba sobre el mostrador una pieza de lo pedido; y como la tienda había de ser obscura por necesidad, nuestra madre salía hasta la calle con el género entre brazos, siguiéndola nosotros y alzándonos sobre las puntas de los pies para ver la codiciada tela, que desde luego nos enamoraba.
—Me parece demasiado fino esto,—decía nuestra madre cuando ya había tentado, resobado y olido el género á la luz del sol, con lo cual se nos caía el alma á los pies, y la ilusión con el alma.
—¿Para qué lo quería usted?—preguntaba la tendera.
—Para hacer un vestido á éste,—respondía la interpelada, señalándonos á nosotros.
—¡Ah, es para el chico!—exclamaba la otra.—Entonces, tengo aquí una cosa más á propósito.
Y del último rincón de la tienda, debajo de todos los recortes y sobrantes del año, sacaba un retal infame, del color de todo lo marchito y resobado, diciendo al propio tiempo: