Este juguete era uno de los que más nos entretenían, no sé si por los sudores que nos costaba; y aunque con la boca del estómago dolorida de apoyar en ella el mango de la baqueta, y las palmas de las manos henchidas de recibir las balas al salir del taco con el estruendo apetecido, y las fauces secas por haber gastado la saliva en remojar las balas, siempre nos daba pena ver acabarse el tiempo de los tacos y empezar el otro juego que, por sucesión inalterada, estaba llamado á reinar entre los muchachos.

He puesto con el taco fin á la lista de juguetes de mis tiempos, por no hacerla interminable, y porque bastan los descritos para dar una idea de los sudores que nos costaba adquirir el más insignificante de ellos, y, por tanto, del aprecio en que los tendríamos. Si algún día me encuentro con el humor necesario, hablaré de los restantes, y hasta de cierta corrida de toros artificiales que dimos, siendo yo coempresario de ella, en un corralón de la calle de Cervantes, á la cual acudió tanta gente, que, siendo á dos cuartos la entrada, después de cubrir todos los gastos le quedaron horros á la empresa doce reales y pico.

Entre tanto, vea el lector desapasionado si de las estrecheces y apreturas de aquellos tiempos se deduce alguna ventaja transcendental. De mí, le diré que en víspera de estreno de vestido, nunca dormí sueño sosegado, y que jamás he olido perfume que me embriague como el hedor del betún de los borceguíes recién traídos de la zapatería, y, de propio intento, puestos por mí debajo de la cama el sábado por la noche... Digo mal: otro olor de aquellos tiempos me impresionó más todavía que el de los borceguíes: el olor del teatro la primera vez que me dió en las narices, un domingo por la tarde. Fuí solo; y cuando entré, comenzaba á bajar la araña por el agujero de la techumbre, encendidos sus mecheros de aceite; y según iba bajando, iba yo, á su luz, orientándome en aquél, poco antes y aún mucho después, misterio conmovedor. Vi el telón de boca, con las nueve Musas y Apolo pintados en él. De pronto creí que aquellas figuras eran toda la función, y casi me daba por satisfecho; ó que si algún personaje más se necesitaba, aparecería entre el telón y las candilejas, y entonces me sentía hasta reconocido, y aun hallaba muy holgado el terreno en que, á mi entender, habían de moverse. Después sonó la música: la polka primitiva y el himno de Vargas. ¡Qué sorpresa, Dios mío! Por último, se alzó el telón: ¡qué maravillas en el escenario!... y empezó la representación de El hombre de la Selva Negra. Con decir que me faltó poco para ir al despacho de billetes á preguntar si se habían equivocado al llevarme tan poco dinero por tanta felicidad, digo lo que sentí en tan supremos instantes, y cuán por lo serio tomé lo que en el escenario sucedía.

Por eso no se escandalice nadie si me oye decir alguna vez que los actores que pone mi corazón sobre todos los del mundo conocido, son Fuentes, la Fenoquio y Perico García, galán, dama y gracioso, respectivamente, que trabajaron en aquella función memorable y en otras á que logré asistir después. Pues todos estos recuerdos y las subsiguientes emociones me asaltan y acometen siempre que á mi olfato llega el olor de teatro vacío como estaba, ó poco menos, el de Santander, cuando en él entré por vez primera.

Apuntados estos detalles, que fácilmente dan la medida de otros mil del propio tiempo, recuerden mis coetáneos qué idea se tenía, entre las gentes, de ciertos casos y de ciertas cosas. ¡Un ministro!... Boca abajo todo el mundo. ¡Un diputado!... ¡Uff! no cabía en la calle. ¡El Jefe político!... ¡María Santísima!... ¡Un particular que había estado en París!... ¡Qué admiración!

En cambio, quien tenga hoy un hijo rapazuelo, que le pregunte adónde ha ido á parar el primoroso juguete que se le compró tres días antes, y cómo era. Ya no se acuerda de lo uno ni de lo otro. ¡Le regalan tantos cada semana! ¡Hay tal abundancia y tal variedad de ellos en esas tiendas de Dios!... Pregúntele también qué siente cuando estrena un vestido ó va al teatro... Absolutamente nada. ¡Qué ha de sentir si cada día le ponen uno diferente, y concurre al teatro todos los domingos desde que aún no sabía hablar?

Ofrézcale llevarle á Madrid dentro de un año, si saca buena nota en los exámenes de la escuela. ¡Qué efecto ha de causarle la promesa, si ya ha estado tres veces con su mamá en París, una para arreglarse los dientes, otra para que le redujeran una hernia, y otra de paso para Alemania á curarse las lombrices?

Pues salgan ustedes á la calle y pronuncien muy recio las palabras «ministro», «diputado» y «gobernador:» las cuatro quintas partes de los transeúntes vuelven la cabeza, porque los unos le han sido ya, y los otros aspiran á serlo.

Ahora bien: si es preferible esta aridez del espíritu, esta dureza precoz del sentimiento, como producto necesario del torbellino de ideas, de sucesos y de aspiraciones en que, lustros ha, nos agitamos, á aquellos apacibles tiempos en los cuales se dormían en nosotros los deseos, y era la memoria virgen tabla en que todo se esculpía para no borrarse nunca, dígalo quien entienda un poco de achaques de la vida.

Pero conste, en apoyo de mi tesis, que hubo un día, que yo recuerdo (y cuenta que aún no soy viejo) en que la familia española, impulsada por el reflujo de vecinas tempestades, pasó de un salto desde la patriarcal parsimonia de que dan una idea los pormenores apuntados, á este otro mundo en que la existencia parece un viaje en ferrocarril, durante el cual todo se recorre y nada se graba en la mente ni en el corazón; viaje sin tregua ni respiro, como si aún nos pareciera largo el breve sendero que nos conduce al término fatal, donde han de confundirse en un solo puñado de tierra todos los afanes de los viajeros, todas las ambiciones y todas las pompas y vanidades humanas.