Un chico que ya había cortado allí el suyo, nos acompañaba á los varios que le necesitábamos. El más fuerte y más ágil trepaba al arbusto con la navaja descoyuntada, ya descrita, mientras los otros vigilaban el terreno y le indicaban la mejor rama. Enredábase con ella el de arriba, echando maldiciones á la navaja, que tanto le pellizcaba el pellejo de la diestra entre la hoja y el muelle trasero, como penetraba en el saúco.
Al cabo de media hora, cuando la rama empezaba á ceder y la mano á sangrar á chorros, aparecía el amo á lo lejos.—«¡Ah, pícaro!... ¡ah, tunante!... ¡yo te daré saúco en las costillas!» El de la rama hacía un esfuerzo supremo; arrancábala, más bien que la cortaba, y se arrojaba con ella al suelo, quedando en él medio despanzurrado. Alzábase en seguida por amor al pellejo; y corre que te corre con sus camaradas, no parábamos hasta los Cuatro Caminos.
Allí nos creíamos seguros y nos poníamos á examinar el botín de la campaña.
—¡Es hembra!—decía uno al instante.
—¡Hembra es!—exclamábamos luego los demás, tristes y desalentados.
Trabajo perdido. Llámase saúco hembra al que tiene mucho pan, ó médula; y el taco, para ser bueno, ha de ser de saúco macho, es decir, de poco pan.
Vuelta á empezar en Cajo, si el sobresalto fué en Pronillo, ó en Pronillo, si el susto le recibimos en Cajo.
Obtenido al cabo el buen saúco, á costa de trabajos como el citado, se cortaba en porciones adecuadas; se le sacaba el pan y se despellejaba. Esto se hacía por el camino volviendo á casa, cargada la conciencia con el peso de la clase corrida.
Ya teníamos taco; pero se necesitaban balas y baqueta.
Las primeras eran de estopa; y como no la había á la vista, recurríamos á las entretelas de la chaqueta, donde abundaba siempre, merced al rumbo de los sastres de entonces; ó al plato de la gorra, que también lo tenía por mullida. Áspera era y mala, y plegada de inmundicias estaba; pero, al cabo, era estopa, y llegaba á servirnos después de macerarla en la boca con paciencia y sin escrúpulos. La baqueta era de alambre gordo, con mango de palo; las cuales materias se adquirían como la necesidad nos daba á entender, y nunca tan pronto como deseábamos.