Y esto me trae á las mientes el recuerdo de que yo fuí cabo primero de la compañía mandada por el capitán Curtis, á las órdenes del general Saba. No diré si entre los varios ejércitos que por el mismo campo pululaban le había más bizarro; pero sí aseguro que no tuvo rival el nuestro en táctica ni en disciplina.

Y no es extraño: aquel capitán de juguete que nos hacía conquistar castillos imaginarios, trepar cerros y despeñarnos por derrumbaderos, escalar los árboles, atravesar bardales por lo más espeso y saltar las tapias sin tocar las piedras más que con las manos, todo por vía de instrucción y ensayo, es hoy uno de los coroneles más organizadores, más bizarros, más sufridos y más fogueados del ejército español[6]. Por cierto que fué él el único soldado de veras que dió aquella tropa de soldados de afición: todos, incluso el general, trocamos las armas por las letras (las de cambio inclusive).

Doy por hecho que este recuerdo evocado será con exceso pueril, y quizá impertinente, si no de mal gusto, para los lectores que no alcanzaron los Mártires en la Puntida, ni á Caral en el Instituto, y que hicieron en ferrocarril su primer viaje á la Universidad; pero, salvo el respeto que estos señores me merecen, no borro este detalle de mis tiempos, en gracia siquiera del ansia con que han de devorarle los soldados de mi compañía que aún anden, por su ventura ó su desgracia, entre los vivos de este valle de lágrimas, y acierten á pasar la vista por estos renglones que escribo á vuela pluma... no sé por qué; quizá movido de esa necesidad del espíritu que obliga á vivir de los recuerdos cuando comienzan á escasear las ilusiones, porque el sendero recorrido es más largo que el que nos queda por andar. Quien tenga á menos pagarse todavía de estas pequeñeces, que vuelva la hoja y pase á otro capítulo; quien sienta agitársele el alma en el pecho al contacto de estas reminiscencias de la mejor edad de la vida, óigame lo poco que me falta decir entre lo mucho que me hormiguea en la memoria y tengo que apartar de ella por no caber en el propósito que he formado ahora.

La pistola.—Componíase de una culata de pino, hecha á navaja, y de un cañón de hoja de lata, arrollado á mano y reforzado con alambre. Eran muy estimados para este objeto los tubos de los paraguas antiguos, que no tenían abertura al costado para dar paso al resorte que mantenía plegadas las varillas. De cualquier modo, tapábase uno de sus extremos con un corcho ó con un taco de madera, bien ajustado y sujeto por medio de otro alambre al tubo que se colocaba luego en la ranura de la culata, á la cual se amarraba con cabos de zapatero. En seguida se abría el oído con la punta del cortaplumas, si el tubo era de caña, ó con un clavo, si era de latón; y al Prado de Viñas, ó á la Maruca, á hacer salvas. Generalmente uno construía el arma y otro adquiría la pólvora: ambas adquisiciones eran superiores á las fuerzas de un muchacho solo. Por eso las salvas eran también á medias, si, como era muy frecuente, después de estar cinco minutos chisporroteando el figón, ó cucurucho de pólvora amasada con agua, sobre el oído, no salía el primer tiro por éste ó por la culata, llevándose el tapón que, por un milagro, no se llevaba á su vez, al pasar, la tapa de los sesos del que sostenía la pistola en su mano, ó del asociado que se colocaba junto á él después de haber encendido el figón con un fósforo de los cuarenta que contenía cada tira de cartón, comprada al efecto por dos cuartos.

Conocí algunos afortunados que poseían cañoncitos de bronce. Eran éstos los Krupps de aquella artillería, y como á tales se les respetaba y se les temía.

El arco.—Aunque los había de madera, asequibles á todos los muchachos, juzgábase sin él quien no le tuviera de ballena de paraguas con cuerda de guitarra.

Y aquí debo advertir, para lo que queda dicho y lo que siga, que aunque no siempre poseíamos el material necesario para construir un juguete, le adquiríamos en la plaza por medio del cambio. Había, por ejemplo, quien estaba sobrado de astillas de pino, y no tenía una triste tachuela: se iba á buscar con paciencia al de las tachuelas, y se le proponían astillas en pago, ó botones, ó canicas, ó lo que tuviéramos ó pudiéramos adquirir complicando el procedimiento.

La pelota.—Las de orillo solo no botaban: se necesitaba goma con él; pero la goma era muy rara en la plaza: no había otro remedio, por lo común, que acopiar tirantes viejos y sacar de ellos, y de los propios en uso, los hilos de goma que tuvieran, hacer una bola con éstos, mascarla después durante algunas horas, envolverla en cintos con mucho cuidado, y dar al envoltorio resultante unas puntadas que unieran todas las orillas sueltas. Así la pelota, había que forrarla. Primero se buscaba la badana por el método ya explicado, si no nos la proporcionaba algún sombrero viejo; después se cortaban las dos tiras, operación dificilísima que pocos muchachos sabían ejecutar sin patrón, y, por último, se cosían con cabo, pero poniendo sumo cuidado en no dejar pliegues ni costurones que pudieran ser causa de que, al probar la pelota, en vez de dar ésta el bote derecho, tomara la oblicua, lo cual era como no tener pelota.

El látigo.—No conocí ninguno hecho de una sola cuerda nueva: todos eran de pedazos heterogéneos, rebañados aquí y allá; pero á dar estallido seco y penetrante, podían apostárselas con los más primorosos: para eso se untaba muy á menudo la tralla con pez ó con cera.

Y el taco.—Era de saúco, y saúco bueno no le había más que en Cajo ó en Pronillo; y no en bardales públicos, sino en cercados de huertas muy estimadas. Cuestión de medio día para cortarle, y capítulo, por ende, de correr la clase correspondiente.