Las de piedra, que eran las más usuales, costaban á cuarto en la tienda de Bohigas; pero sacadas á la calle, aun sin estrenar, no valían más que tres maravedís; el otro se echaba á cara ó cruz. De este modo se adquiría la primera canica, con la cual un buen jugador ganaba una docena, que podía valerle doce cuartos, si al venderlas tenía un poco de suerte jugando los maravedís del pico. Advierto que como el género escaseaba y los muchachos no pensaban en cosas más arduas, los compradores llovían en derredor del afortunado.

La canica de jaspe valía dos cuartos en la tienda, seis maravedís en la calle, ó canica y media de las negras. En cuanto á las de cristal, no se cotizaban en la plaza. Poseíanlas siempre los pinturines ó señoritos, ciertos niños mimosos que iban á clase y á paseo con rodrigón, y jamás se manchaban los pantalones, ni se arrimaban á la muchedumbre, ni bebían en las fuentes públicas. Jugaban aparte con aquéllas, y, ó bien se les ufaban los otros, ó se las estrellaban contra un banco de la Alameda, después de habérselas pedido traidoramente para contemplarlas.

Las de betún se hacían con el de la azotea de las casas de Botín, ó de los Bolados, único asfalto que existía en el pueblo. Cómo se adquiría esa materia prima, yo no lo sé; pero es un hecho que nunca faltaba betún para canicas. Éstas valían poco: tres por una de piedra.

Los plomos.—Los buenos eran hechos de balas aplastadas. Se adquirían á precios más varios que el de las canicas, que siempre fué invariable. Se jugaban al bote y se negociaban del mismo modo que aquéllas.

Los botones.—Eran preferidos los del Provincial de Laredo. Tampoco me explico cómo sucedía que hubiera siempre botones nuevos en el juego, no existiendo el batallón desde muchos años atrás.—Se jugaban al bote, como los plomos, y, como éstos, se cotizaban con variedad de precios.

El cobre de esta moneda eran las hormillas, que también se jugaban al bote y se vendían siempre al desbarate.

Éstos, es decir, las canicas, los plomos y los botones, eran los únicos objetos de diversión que podíamos adquirir hechos. Los demás, como la espada, el fusil, el arco, la pistola, el látigo, la pelota, el taco, etc., etc... teníamos que hacerlos á mano, ó pagar muy caro el antojo al afortunado que ya poseyera el que nos faltaba; siendo muy de advertir que, por única herramienta, teníamos un cortaplumas viejo, con la hoja muy caída hacia atrás.

La espada era un pedazo de vara hendida ó arco barrilero, con otro más corto, cruzado y amarrado convenientemente para formar la empuñadura. Sujetábase el arma á la cintura por medio de un tirante hecho ceñidor, ó descosiendo un pedazo de la del pantalón y metiendo la hoja por la abertura resultante. El resto del equipo militar, es decir, las charreteras, el tricornio, banda y condecoraciones, era de papel.

El fusil era una astilla grande de cabretón, pulida, con ímprobos trabajos, con el cortaplumas, ayudado á veces por el cuchillo de la cocina, que si no cortaba más que él, estaba, en cambio, mucho más sucio.

Pues habéis de saber, motilones que alborotáis hoy los paseos vestidos de generales casi de verdad, que con aquellos arreos de palo y de papel se dieron encarnizadas batallas en los Cuatro Caminos y en el paseo del Alta.