—Pues ya tiene dos refuerzos atrás, rodilleras y tres pares de medias mangas... ¡Le digo á usted que son cuerpos de hierro los de estos chicos de hoy!...

Juzgue ahora el lector de qué serían esos trajes cuando los echábamos á todos los días, y cómo estarían cuando ni para diario podíamos aprovecharlos ya.

Pero lo chusco era cuando, pasado este período de nuestra existencia, salíamos de la primera enseñanza para entrar en la segunda; es decir, cuando nos vestían de muchacho, lo cual era nuestra gran ilusión, con chaquetilla pulga, pantalón de patencur, chaleco de cabra, gorra de felpa atigrada, zapatos de tirante y camisolín de crea. Como todo traje nuevo, este primero era para los domingos; de manera que hasta que pasara á la categoría de viejo, teníamos que andar todos los días con el ya especificado de niño, sin lorzas y con pegas, si no había un padre ó un hermano que nos socorriera con algún desecho.

No quiero decir nada de aquella primera levita que, andando el tiempo, nos hacían, de cúbica ó de manfor, con una tira de tafetán, de cuatro dedos por abajo y acabando en punta por arriba, que se llamaba vuelta, ó embozo de los largos faldones; porque esa época está fuera del alcance de estas reminiscencias, aunque sería otra prueba más de que, en aquellos tiempos, las modas se eternizaban sobre nosotros, y costaba un muchacho á su padre, en cuatro años, la vigésima parte de lo que hoy le cuesta un niño en ocho meses.

Diré únicamente, por si no volvemos á hablar de esto y para regodeo de los imberbes elegantes de ogaño, que estas levitas y otras prendas anteriores y contemporáneas, eran hechas en casa por la costurera; y que todavía, años andando, no nos medían las espaldas Vázquez, Nieto ó Valentín, sin haber pasado antes por los célebres Nerín y Pulpillo.

Apuntadas estas diferencias de aspecto entre aquellas generaciones y la actual, digamos algo sobre los avíos de nuestros juegos.

Para nosotros no producía la industria más que las canicas y los botones; y digo «para nosotros», porque si bien es cierto que en los Alemanes de la calle de San Francisco se vendían ermitaños, zapateros y pocas chucherías más, de cartón pintado, nadie las compraba. Allí se estaban en la vidriera, y allí se deshacían bajo el peso de los años y del polvo.

Cuán raros eran estos juguetes en manos de los chicos de entonces, pruébalo el ansia con que acudían á mi casa todos mis camaradas á contemplar un carpintero que me había regalado un pariente, el cual carpintero, al compás del glan-glen de su cigüeña de alambre, movía los brazos, y con ellos una garlopa sobre un banco; pruébalo asimismo la veneración que yo sentía por aquel juguete, y los años que me duró.

En rigor de verdad, también había custodias, carritos y soldados de plomo, en una tienda de la esquina del Puente.

Las canicas.—Las había de piedra barnizada, como hoy; de jaspe, que escaseaban mucho; de cristal, que eran la octava maravilla, y, por último, de betún, plebe de las canicas.