Bajé yo los ojos, como cuando relampaguea, y clavé la vista en la mesa. Había en ella, junto al tintero, un atril chiquito con dos balas de plomo al extremo de un cordelillo cada una, con las cuales sujetaba las hojas de un libro abierto. Á la derecha de este atril, un bastón de ballena con puño y regatón de plata, y á la izquierda un manojo de varas de distintos gruesos, longitudes y maderas. De aquel bastón y de aquellas varas, ó de otras parecidas, habían llegado á mis oídos sangrientas historias. Así es que el no se me olvidará, juntamente con este cuadro de tortura, hizo en todo mi organismo una impresión indescriptible.
Aún no había leído yo la Odisea, ni sabía que tal poema existiese en el mundo, y, sin embargo, presentí, adiviné las mortales angustias de los compañeros de Ulises en la caverna de Polifemo, al ver á este monstruo zamparse á dos de ellos para hacer boca.
Díjonos, no el Cíclope, sino don Bernabé, qué libros necesitaba yo y dónde se vendían; qué horas había de cátedra por la mañana y por la tarde; encargóme que no faltara al día siguiente, y á mi padre que no me diera mimos, porque «aquello no era cosa de juego», y volví á ver la luz del mundo; pero ¡ay! con los ojos con que debe verla el reo que deja la cárcel para subir al patíbulo.
Notó mi padre algo de lo que por mí pasaba, y díjome por vía de consuelo:
—No te apesadumbres, hijo; que si, andando los días, resulta que es tan bárbaro como cuentan, con no volver á verle está el asunto despachado.
¡Cuánto agradeció á mi padre aquel auxilio mi espíritu angustiado!
II
La primera noticia que me dieron los minoristas antes de entrar en cátedra al día siguiente, fué que don Bernabé no podía verlos, más que por minoristas, por ser para él carga pesada y hacienda del vecino. Y yo dije para mí: si ese señor desloma á los discípulos á quienes ama por suyos, ¿qué hará con los ajenos cuando dice que no los puede ver?
¡Ay! no me engañaban mis conjeturas ni mis condiscípulos, ni la fama mentía. El frío de la muerte, la lobreguez de los calabozos, el hedor de los antros, el desconsuelo, el dolor y las tristezas del suplicio se respiraban en aquella cátedra. La vara, el bastón, la tabaquera, el atril de las balas, la impasible faz del dómine, sus zumbas sangrientas, su voz destemplada y penetrante como puñal de acero, apenas descansaban un punto. Mal lo pasaban los novicios; pero no lo pasaban mucho mejor los padres graves: para todos había palos, y pellizcos, y sopapos, y denuestos.
Virgilio y Dante, tan diestros en pintar infiernos y torturas, se vieran en grave apuro al trazar aquellos cuadros que no se borrarán de mi memoria en todos los días de mi vida; porque es de saberse que, con ser grande en aquel infierno la pena de sentido, la superaba en mucho la de daño. Juzgábame yo allí fuera del amparo de la familia y de la protección de las leyes del Estado; oía zumbar la vara y los quejidos de las víctimas, y las lecciones eran muchas y largas, y no se admitían excusas para no saberlas; y no saberlas, era tener encima el palo y la burla, que también dolía, y la caja de rapé, y el atril de las balas, y el calabozo, y los mojicones, y el truculento azote, y la ignominia de todas estas cosas. ¡Quién es el guapo que pintara con verdad escenas tales, si lo más terrible de ellas era lo que sentía el espíritu y no lo que veían los ojos ni lo que padecía la carne!