Lo diario, lo infalible, venía por el siguiente camino: Como no todos los condiscípulos dábamos una misma lección, cada uno de nosotros tenía un tomador de ella, impuesto por el dómine, el cual tomador era, á su vez, tomado por otro. Hay que advertir también que cuatro puntos eran malè, entendiéndose por punto la más leve equivocación de palabra. Había de saberse la lección materialmente al pie de la letra; de modo que bastaba decir pero en lugar de más, para que el tomador hiciera una raya con la uña en el margen del libro, después de las tres acometidas que se permitían en las dudas ó en los tropezones. Dadas las lecciones, don Bernabé, desde su asiento, iba preguntando en alta voz, por el orden en que estábamos colocados en los bancos:

—¿Fulano?

—Dos,—respondía, por ejemplo, su tomador.

—¿Mengano?

Benè,—si no había echado éste ningún punto, ó

Malè,—si había pasado de tres.

—¿Cuántos?—añadía entonces el tigre, como si se replegara ya para dar el salto. Lo que aguardaba al infeliz, era proporcionado al número que pronunciaran los ya convulsos labios del tomador, que, de ordinario, y por un refinamiento de crueldad del dómine, era su mejor amigo. Hasta seis puntos se toleraban allí sin otros castigos para la víctima que los ya conocidos y usuales; pero en pasando de seis, en llegando, por ejemplo, á diez, no había modo de calcular las barbaridades que podían ocurrírsele al tirano.

Estas primeras carnicerías tenían lugar después de pasada la lista á todo el rebaño.

Como al lector, por haberle yo dicho que solían ser grandes amigos el tomador y el tomado, puede haberle asaltado la humanitaria idea del perdón de los puntos en obsequio á la amistad, debo decirle que estos perdones... digo mal (pues nadie fué tan valiente que á tanto se atreviera), las apariencias de ellos, dejaron rastros de sangre en aquel infierno en que se castiga el perdón como el mayor de los pecados. Apariencias de él había siempre, y no otra cosa, en las emboscadas del dómine, porque bastábale á éste el intento de tomar una lección sospechosa, para que se le olvidara al que iba á repetirla hasta el nombre que tenía.

En la traducción, en las oraciones, en el repaso, en cada estación, en fin, de aquel diurno calvario, había las correspondientes espinas, lanzadas y bofetones.