Todo esto, en rigor de verdad, pudiera pintársele al lector con bastante buen colorido, y aun puede imaginárselo fácilmente sin que yo se lo pinte con todos sus pelos y señales. Pero, en mi concepto, no era ello lo más angustioso de aquellos inevitables trances.
Temibles son los rayos, y dolorosos, y aun mortales, sus efectos; pero los rayos son hijos de las tormentas, y las tormentas se anuncian y pasan; y con ciertas precauciones y esta esperanza fundadísima, el espíritu se habitúa á contemplarlas impávido. Lo tremendo fuera para los hombres el que las centellas dieran en la gracia de caer también á cielo sereno, y á todas horas y en todas partes, sin avisos ni preludios de ningún género.
¡Qué vida sería la nuestra! Pues ésa era la mía en aquella cátedra, porque allí caían los rayos sin una sola nube. Don Bernabé no se enfurecía jamás, ni gritaba una vez más que otra; antes parecía más risueño y melifluo, y hasta era zumbón cuando más hacía llorar. Hería con el palo y con la palabra, como hiere el carnicero: á sangre fría, ejerciendo su oficio. No había modo de prevenirse contra sus rayos, ni esperanza de que la tormenta pasase, ni, por ende, instante seguro ni con sosiego. Ésta era la pena de daño á que yo aludí más atrás; pena mil veces más angustiosa que la de sentido, con ser ésta tan sangrienta.
Andando los meses, y en fuerza de estudiar aquella naturaleza excepcional, pude descubrir en ella, como síntoma de grandes é inmediatos sacudimientos, cierta lividez de semblante y mucha ansia de rapé. Siempre que se presentaba en cátedra con estos celajes, y después del despacho ordinario, ó sea la toma de lecciones, con las subsiguientes zurribandas, mandaba echar la traducción á alguno de los cuatro ó seis muchachos de palo seguro que había en clase; media docenita de torpes que guardaba él como oro en paño, para darse un desahogo á sus anchas cuando el cuerpo se le pedía.
Sin más que oirse nombrar la víctima, como ya tenía la conciencia de su destino, levantábase temblando; y con las rodillas encogidas y muy metido el libro por los ojos, comenzaba á leer mal lo que había de traducir... peor. Don Bernabé, con la cabeza gacha, la mirada torcida, las manos cruzadas sobre los riñones, en la una el bastón de ballena y en la otra la caja del rapé, paseábase á lo largo del salón. Poco á poco iba acercando la línea que recorría al banco del sentenciado. Dejábale decir sin replicarle ni corregirle. De pronto exclamaba, con su voz dilacerante envuelta en una caricatura de sonrisa:—¡Anda, candonga! Esta salida equivalía á un tiro en el pecho. El pobre chico se quedaba instantáneamente sin voz, sin sangre y con los pelos de punta.
—¡Siga, calabaza!—gritábale á poco el dómine, acercándose más al banco.
Y seguía el muchacho, pero como sigue el reo al agonizante, seguro de llegar muy pronto al banquillo fatal. Y el lobo siempre acercándose, hasta que, al fin, se paraba muy pegadito á la oveja. En esta postura, tomaba un polvo, agachaba la cabeza, arrimaba la oreja derecha al libro y requería con la zurda el bastón. El traductor perdía entonces hasta la vista, caían de su boca los disparates á borbotones, y empezaba el suplicio. El primer golpe, con la caja de rapé, era á la cabeza; el segundo, con el libro, empujado con el puño del bastón, en las narices, al bajarlas el infeliz hacia las hojas huyendo de los golpes de arriba; después, lanzadas, con el propio puño de plata, al costado, al estómago, á la barriga y á los dientes; doblábase la víctima por la cintura, y un bastonazo en las nalgas la enderezaba; gemía con la fuerza del dolor, y un sopapo le tapaba el resuello.
—¡Conque pasce capellas significa paz en las capillas?—decía, en tanto, el verdugo con espantosa serenidad.—¡Candonga! eso se lo habrán enseñado ahí enfrente.
«Ahí enfrente» era la cátedra de Córdoba.
Cuando la víctima, rendida por el dolor y por el espanto, no daba ya juego, es decir, se sentaba resuelta á dejarse matar allí, el verdugo, señalando una nueva con la mano, decía: