—Á ver, ¡el otro!
Y el otro seguía la interrumpida traducción; y como era de necesidad que no anduviera más acertado que su camarada, seguían también los palos y los denuestos. En ocasiones no lo hacían mejor los suyos, fuera por ignorancia, fuera por espanto, al llegar á ellos el punto dificultoso; ¡y allí eran de ver en juego todos los rayos de aquel Júpiter inclemente! Entonces tiraba al montón, y recorría los bancos de extremo á extremo, y hería y machacaba hasta romper las varas en piernas, manos, espaldas, entre las orejas, y en el pescuezo, y en el cogote; y cuando ya no tenía varas que romper, iba á la mesa, agarraba el atril de las balas y se le arrojaba al primero en quien se fijaran sus ojuelos fosforescentes.
Por tales rumbos solía venir lo que, no por ser extraordinario, dejaba de ser frecuentísimo, y, sobre todo, imprevisto é inevitable. Inevitable, puesto que ni la falta de salud, ni la pena de un luto reciente, ni las condiciones de temperamento, ni siquiera la incapacidad natural, valían allí por causas atenuantes. Saber ó no saber; mejor dicho, responder ó no responder. Ésta era la ley, y allá va un caso de prueba.
Aquel famoso don Lorenzo el Pegote, cura loco, que al fin acabó recogido en la Casa de Caridad, tuvo el mal acuerdo de que aprendiera latín un sobrino suyo, marinero de la calle Alta. Este infeliz muchacho entró en el Instituto ocho días después que yo, y sentóse á mi lado, con su elástica de bayeta amarilla, sus calzones pardos, sus zapatones de becerro, y oliendo á parrocha que tumbaba.
Cómo le entraría el latín á este alumno que apenas sabía deletrear el castellano, y dejaba el achicador y las faenas de la lancha para coger en las manos el Carrillo, júzguelo el pío lector. Ni en su cabeza cabían las más sencillas declinaciones, ni siquiera la idea de que pudieran servirle en los días de su vida para maldita de Dios la cosa. En cátedra estaba siempre triste y como azorado.
Cualquier mortal de buena entraña, teniendo esto en cuenta, le hubiera guardado muchas consideraciones; pero don Bernabé no vió en el sobrino del loco don Lorenzo más que un discípulo que no tragaba el latín, y desde el segundo día de conocerle comenzó á atormentarle, con una perseverancia verdaderamente espantosa.
Preguntábale sin cesar sabiendo que había de obtener un desatino por respuesta; y como si este desatino fuera un mordisco de fiera acorralada, como á tal contundía y golpeaba al pobre chico, y hasta le ensangrentaba á varazos las encallecidas palmas de las manos. Sufríalo todo el desventurado con la resignación de un mártir, y solamente algunas lágrimas silenciosas delataban su dolor y su vergüenza. Tomaba el dómine la resignación por resistencia provocativa, y entonces caía en una de aquellas borracheras de barbarie que tan famoso hicieron su nombre en el Instituto Cántabro.
Hay que advertir que el tal don Lorenzo iba casi todos los días, con su raído levitón, su bastón nudoso y su faz airada y fulgurante, á preguntar á don Bernabé por los adelantos de su sobrino. Hartábase el dómine entonces de ponderarle la torpeza y holgazanería del muchacho; con lo cual aquel energúmeno, que tenía por costumbre apalear en la calle á cuantos le miraban con cierta atención, deslomaba al sobrino en cuanto éste volvía á casa, harto más necesitado de bizmas y buen caldo.
Antes de cumplirse un mes, ahorcó los libros el callealtero, y se metió á pescador, en el cual oficio se había amamantado. Y fué un sabio acuerdo. La vida que traía de estudiante no era para tirar más allá de cinco semanas con pellejo. Desde entonces no he vuelto á verle, ni he sabido nada de él. Pero dudo que, por perra que haya sido su suerte, envidiara la que tuvo al caer bajo la férula sangrienta de don Bernabé Sáinz.
Qué carnes y qué corazón se me pondrían á mí contemplando estos cotidianos espectáculos, júzguelo el pío lector. Yo no comía, yo no sosegaba. Como don Quijote con los libros de Caballerías, me pasaba las noches de claro en claro, estudiando el Carrillo, sacando oraciones y traduciendo á Orodea; y con tal ansia devoré aquel Arte, tan á mazo y escoplo le grabé en la memoria, que hoy, al cabo de treinta y más años, me comprometería á relatarle, después de una sencilla lectura, sin errar punto ni coma. Y no obstante, más que á estas faenas sobrehumanas, atribuyo á la Providencia el milagro de no haber probado de las iras de don Bernabé sino lo que me tocó en los vapuleos generales, que nunca fué mucho. ¡Pero qué inquietudes! ¡Pero qué temores! ¡Pero qué pesadillas!... vuelvo á decir. Desde entonces niego yo que pueda nadie enfermar, y mucho menos morir, de susto, puesto que sobreviví á tal cúmulo de horrores, tan extraños é inconcebibles en mi edad y especiales condiciones de temperamento.