Algunas veces, al presenciar una de aquellas matanzas, atrevíame á preguntarme con el pensamiento, pues con la lengua hubiera sido tanto como quedarme sin ella en el gaznate: ¿Qué razón puede haber para que faltas tan leves merezcan castigos tan horrendos? ¿Cómo hay padres que consientan que un extraño maltrate de este modo á sus hijos? ¿Quién ha dado á este hombre tan bárbaras atribuciones? Si esto es cátedra, sobran los palos; si matadero, sobran los libros».
Pero como había padres que aplaudían aquellas tundas feroces administradas á sus hijos, y leyes que no ataban las manos al verdugo, calculaba yo que así, y no de otro modo, deberían andar aquellas cosas.
Refiere Suetonio que hallándose Tiberio en Caprea, una tarde en que se paseaba junto al mar, un pescador se le acercó muy quedito por detrás y le ofreció una hermosa lobina que aún coleaba. Sorprendido el tirano por la voz del pobre hombre, mandó que le restregaran la cara con el pez, en castigo de su atrevimiento; y así se hizo. «Fortuna—dijo luego el pescador, mientras se limpiaba la sangre que corría por sus mejillas,—que no se me ocurrió ofrecerle una langosta».
No por el dicho del pescador, sino por el hecho del tirano, saco el cuento á relucir aquí, y esto, para que se vea que, en ocasiones, don Bernabé daba quince y falta á Tiberio. Verbi gracia: para el acopio de varas se valía de los mismos discípulos á quienes vapuleaba todos los días; y hubo ocasión en que rompió sobre las nalgas de uno de ellos todas cuantas acababa de presentarle, recién cortadas con ímprobos trabajos, so pretexto de que no eran de las buenas, y que además estaban picadas con el cortaplumas.
Pudiera citar muchos ejemplos de esta especie; pero cállolos, porque no se crea que me ensaño en la memoria de este hombre, que ¡admírese el lector! á pesar de lo relatado, no fué merecedor de tal castigo.
III
Esta figura trágica tenía también su lado cómico en la cátedra, no por intento del catedrático, sino por la fuerza del contraste; como es alegre, en un cielo negro y preñado de tempestades, la luz del relámpago que en ocasiones mata.
Don Bernabé era hombre de cortísimos alcances, y esto se echaba de ver en cuanto se salía de los carriles del Arte señalado de texto. En tales casos, hubiera sido, como ahora se dice, verdaderamente delicioso, por la especialidad de los recursos que le suministraba la angostura de su ingenio, si su lado cómico no hubiera estado tan cerca del dramático.
Fuera de los poquísimos ejemplos que sacaba de Tácito ó de Tito Livio, todas sus oraciones, propuestas muy lentamente y paseándose á lo largo de la clase, tomando rapé, eran del género culinario, y, mutatis mutandis, siempre las mismas.
—Estando la cocinera—díjome una vez, al llegar yo á hacer oraciones de esta clase,—fregando los platos, los discípulos le robaban el chocolate.