Puse en latín, y sin grandes dificultades, lo de la cocinera, lo de fregar los platos y hasta lo del robo por los discípulos; pero llegué al chocolate y detúveme.

—¿Qué hay por chocolate?—pregunté.

—Hombre—me respondió deteniéndose él también en su paseo, torciendo la cabecita y tomando otro polvo,—la verdad es que los romanos no le conocieron.—Meditó unos momentos, y añadió, con aquella voz destemplada, verdadera salida de tono, que le era peculiar:

—Ponga masa cum cacao, cum sácaro et cum cinamomo confecta. (Masa hecha con cacao, azúcar y canela).

Hízonos gracia la retahila, y reímonos todos; pero pudo haberme costado lágrimas la dificultad en que me vi para acomodar tantas cosas en sustitución del sencillísimo chocolate, sin faltar á la ley de las concordancias en genero, número y caso.

Otra vez, y también á propósito de fregonas y de discípulos golosos, salió á colación la palabra arroba.

—¿Qué hay por arroba?—preguntó el alumno.

Á lo que respondió don Bernabé, con la voz y los preparativos de costumbre:

—La verdad es, candonga, que esa unidad no la conocían los romanos... Ponga... pondus viginti et quinque librarum (peso de veinticinco libras).

Como en estos casos le daba por estirarse, en otros prefería encogerse.