—Voy á Carriedo,—mandó poner en latín en una ocasión; y como el alumno vacilase,

—¡Carretum eo, candonga!—concluyó el dómine alumbrándole dos estacazos.—¿Qué ha de haber por Carriedo sino Carretum, carreti?

Cuando un muchacho quería salir de la cátedra, obligado á ello por alguna necesidad apremiante, ó fingiendo que la sentía, alzábase del banco, cruzaba los brazos sobre el pecho, y quedábase mirando á don Bernabé, con la cara muy compungida; hacía éste un movimiento expresivo con la cabeza, y así concedía ó negaba el permiso que se le pedía.

Aconteció una vez que se alzó un muchacho; y después de haber estado cerca de un cuarto de hora en la susodicha forma de interrogante, sin obtener respuesta, díjole don Bernabé:

—¡Corre, que te pillan!

Y el chico apretó á correr hacia la puerta.

—¿Adónde va, candonga?—le gritó el dómine.—¡Vuelva, vuelva, y póngamelo en latín!

Volvió el muchacho, y, torpe y atarugado, comenzó á decir:

Curre... quod... pillant...

—¡No estás tú mal pillo, calabaza!—Y deslomóle de un bastonazo.—¡Á ver, el otro!