Y como el otro no estuviese más acertado que su antecesor, continuó el de más allá, y luego el que le seguía, y después el otro, y, por último, los mayoristas, que tampoco supieron vencer la dificultad, con lo que don Bernabé fué entrando en calor, y la bromita del «corre, que te pillan» acabó en tragedia.

Tal era el lado cómico de este personaje. Fiar en sus chistes, equivalía á retozar con el tigre. Al fin, siempre había zarpada.

IV

Y ahora quisiera tener yo á mi lado á los más sutiles fisiólogos del mundo, para que me explicaran el fenómeno de aquella singular naturaleza; cómo podía ser á un mismo tiempo el más empedernido y sanguinario de los maestros, y el mejor de los hombres. Porque es de saberse que don Bernabé Sáinz, fuera de su cátedra, lo era de pies á cabeza. Jamás he conocido persona más inofensiva, más sencilla, más bondadosa. Un niño le engañaba en la calle, un juguete le entretenía, el menor acontecimiento le asombraba. Su integridad rayaba en manía.

Tenía pupilos, ordinariamente. Cuando se trataba de repasarles la lección, era el tigre del Instituto; pero en la mesa, en el paseo, en la intimidad del hogar, era un amigo, un padre cariñosísimo para ellos, como lo era para todos sus discípulos en cuanto dejaban de serlo.

Á mi modo de ver, era un pobre hombre poseído de un demonio: el demonio del fanatismo, el fanatismo de la enseñanza. Si castigaba á un discípulo con un día de calabozo, dejaba de comer para ir á tomarle la lección de la tarde en el calabozo mismo. Iba á clase hasta con calentura á cumplir con su deber, y su deber era enseñar latín, porque creía haber nacido para eso. Si una consulta sobre la traducción pendiente le robaba el sueño, tanto mejor: ningún hecho más digno, en su concepto, de consignarse en la hoja de servicios de sus alumnos. Presentaba los buenos en un examen con el orgullo y el amor de un general que ve desfilar, en ostentosa parada, á sus valientes veteranos cargados de cruces; y hablaba de ellos en todas partes, y los seguía con la atención á la Universidad, y aunque allí claudicasen, jamás los apartaba ya de su memoria. Llena de esos nombres la tuvo hasta la hora de su muerte. Muchas veces me los citó conmovido y entusiasmado, y por el menos brillante de aquellos «chicos» hubiera dado él, sin titubear, á ser preciso, la diestra con que tantas veces le deslomó á varazos.

En una ocasión, después de haber oído la razón que le dió un discípulo de haber faltado á la clase el día antes, le oí decir:

—Candonga, ¿y por eso no vino? ¿Sabe cómo vengo yo todos los días y cómo vivo? Pues óigalo, calabaza. Hace veinte años que estoy enseñando latín, y quince que la mujer no sale de la cama; me consume cuanto gano, y no tengo más que lo puesto; los únicos ahorros que había hecho se los presté á un compañero que no me los ha de pagar en los días de su vida, y lo mejor de cada noche me lo paso en claro velando á la enferma. ¿Les parece poco? ¡Ah, candonga! ¡Si os cogieran los tiempos que á mí me cogieron para aprender latín, ya os darían confites en estos lances, y os guardarían los miramientos que yo os guardo! Enfermo, y con la nieve á la rodilla, fuí yo una noche á casa de un compañero que tenía Calepino; para sacar un significado de la traducción del día siguiente... Y ¡pobre de mí, candonga, si llego á ir al aula sin sacarle!... Y sepan, calabaza, que para entonces ya había servido yo al rey seis años en una compañía de fusileros: dos de soldado raso, uno de furriel y tres de sargento.

He aquí algo á que se agarrarían los fisiólogos llamados á explicar las crueldades profesionales de un hombre tan manso y apacible. Don Bernabé enseñaba como le habían enseñado á él: á estacazos. La costumbre fué haciéndose naturaleza poco á poco. La escasez de entendimiento, lo extremado del amor al oficio, los resabios del cuartel y las tradiciones del sistema, hicieron lo demás. No era á sus ojos mayor delito que echar malè en una lección, faltar con palabras un soldado raso á un triste cabo segundo; y, sin embargo, la Ordenanza militar castiga estas faltas con el presidio, si no con la muerte, ¡y él se conformaba con apalear á los delincuentes de su cátedra!

Hasta dónde llegaban su sencillez y su puntillo de hombre de cuenta y razón, muéstralo el hecho siguiente, que no fué el único en su género: