Este loco (y perdóneme la franqueza) no busca libros, sino ediciones; ejemplares raros por su escasez y por su fecha. Un incunable, ¡qué felicidad! Los de ciertos impresores, como los Aldos, los Estéfanos, Plantinos y Elzevirios; la letra gótica ó de tortis; y si el ejemplar es en gran papel y está intonso, ¡Virgen María!... ¡qué efervescencia en el gremio, qué ir y venir, qué mimos al poseedor, qué ofertas, qué debates, qué descripciones del ejemplar, qué historias de su procedencia y vicisitudes!... Y el asunto del libro es una chapucería escrita en bárbaro casi siempre, porque no puede ser otra cosa. Los libros buenos se reimprimen y abundan; los malos se imprimen una vez sola, y por eso escasean los ejemplares de los antiguos; y precisamente porque escasean, los pagan á peso de oro los bibliómanos, con tal que estén cabales sus folios, tengan íntegros los márgenes y no carezcan de colofón, aunque huelan á demonios, y la pringue no deje por donde agarrarlos: por eso, por ser tan raros y tan viejos, son los más inútiles para el literato. Comúnmente tratan de esgrima, de jineta, caza, heráldica, cocina, genealogía, juegos de manos, caballerías, ó de indecencias (Celestinas) semejantes en el fondo, no en la forma, á la famosa de Rodrigo de Cota.

He visto á un fanático ofrecer por una de éstas, á otro que tal, un cuadro de Goya, tres porcelanas del Retiro, no sé qué empuñadura de Benvenuto y cuatro mil reales en dinero... ¡Y se escandalizaron los peritos circunstantes y el venturoso poseedor, de lo mezquino de la oferta! Conocía yo el ejemplar codiciado, y te aseguro, lector, á fe de hombre de bien, que sus hojas, atestadas de viñetas, no mejores que las de las coplas de ciego, arranciadas y pringosas, no pasaban de treinta, y que por todo forro tenían un retal de pergamino ampollado y lacerioso, con lamparones de sebo y otras porquerías; pero era un gótico rarísimo, y ¡ahí verá usted! Y yo dije para mí, contemplando al poseedor, al que quería serlo y á los testigos:—«Señor, ¿para cuándo son los manicomios!»...

Asombra oir narrar á estos hombres la historia de algunas adquisiciones de mérito. ¡Qué de viajes, de intrigas, de asechanzas, de astucia, de dispendios! ¡Cuántas enemistades, cuántos odios á muerte entre prójimos, antes hermanos en el corazón, por la conquista de unos papelejos hediondos, que ni siquiera se dejan leer, en lo cual nada se pierde, porque se ventila en ellos insípidamente un asunto ridículo, amén de trasnochado!

De la lealtad con que muy á menudo se juega entre estos señores, no he de ser yo quien hable aquí, sino la gente del oficio. Recuérdese la pelea habida años ha en la prensa entre el famoso don Bartolomé Gallardo y otro bibliófilo, muy distinguido y docto, que se firmaba con el seudónimo de Lupián Zapata.

Aplicaba éste al primero (cuya rapacidad en materia de libros es proverbial en la casta), después de haberle dicho de propia cuenta más de otro tanto en variedad de metros y de prosas, las siguientes frioleras, obra, si no recuerdo mal, del famoso Solitario, padre grave de la Orden:

«Caco, cuco, faquín, bibliopirata,
Tenaza de los libros, chuzo, púa,
De papeles, aparte lo ganzúa,
Hurón, carcoma, polilleja, rata.
Uñilargo, garduña, garrapata,
Para sacar los libros, cabría, grúa;
Argel de Bibliotecas, gran falúa
Armada en corso, haciendo cala y cata.
Te pones por corbata una maleta,
Un Simancas te cabe en el bolsillo,
Empapas un archivo en la bragueta;
Juegas del dos, del cinco y por tresillo,
Y al fin te sorberás, como una sopa,
De libros llenas África y Europa».

Por cierto que esta moral debe de ser muy antigua y corriente entre la gente del rebusco, porque recuerdo haber leído, con referencia á Barthélemy, que habiéndosele preguntado una vez cómo había podido reunir la rica colección de medallas que poseía, respondió con el candor de un niño:

—Me han regalado algunas; he comprado otras, y las demás las he robado.

Dicho esto, lector (que, cuando menos, tendrás la manía de ser buen mozo, por ruin y encanijado que seas), hago punto aquí, apostándote las dos orejas á que siendo, como te juzgo, hombre de bien, después de meter la mano en tu pecho no te atreves á tirar una chinita á mi pecado.

1880.