¿Y los aficionados á ciertos juegos? Para un sujeto á quien yo conozco, que veinte años hace juega diariamente á la báciga, tres muchachas bonitas juntas son un bacigote de ases; si tiene un pleito ganado en primera instancia, dice que salió á buenas; si es amigo del juez, que tiene comodín, y si busca recomendación para un magistrado, es porque quiere hacer las cuatro cosas.

Es seguro que el lector conoce á más de una docena de caballeros, de cuyos labios no se caen jamás el albur, el elijan, los párolis y otros análogos donaires del caló de los garitos; pintoresca y culta manía que anda ya retozando en la literatura humorística al menudeo, y hasta en la comedia de costumbres españolas.

Y ¿qué diremos de la manía política, si la mitad del género humano adolece de esa enfermedad? ¡Qué horas, Dios eterno, las de los unos devorando periódicos, tragándose sesiones de Cortes, preámbulos de decretos y movimientos del personal! ¡Qué disputas en plazas y en cafés! ¡Qué jurar en la autoridad de ciertos nombres, y qué renegar de otros! ¡Qué cavilaciones, qué presentimientos, qué sudar el quilo corriendo de esquina en esquina, y qué alargar el pescuezo, ponerse de puntillas y encandilar los ojos para leer partes oficiales recién pegados, y hasta bandos de buen gobierno! ¡Y éstos son hombres de arraigo, libres, independientes, que pagan sin cesar para que vivan y engorden esos mismos personajes que caen, y se levantan y alternan en la política imperante, y se ríen de los cándidos babiecas que toman esas cosas por lo serio!

¡Qué vida la de los otros! El taller, el escritorio, las cajas de la imprenta, la buhardilla angosta, el andamio... doce horas de trabajo penoso, poco jornal, ocho de familia, deudas indispensables, privaciones dolorosas... Y por todo consuelo, hablar muy bajito de la que se está armando; acudir á sitios peligrosos para oir una noticia absurda, ó entregar el roñoso ochavo del ahorro para pagar los gastos de un viaje fantástico al falso emisario que tiene estas estafas por oficio; ver al tirano siempre sobre sus cabezas y en su sombra y en todas partes; dejar la herramienta, ó saltar del lecho al menor ruido, creyéndole anuncio de la gorda; soñar con pronunciamientos y barricadas; desechar honrosos acomodos por amor á la idea que ni sienten ni penetran; triunfar al cabo los suyos; echar la gorra al aire; enronquecerse victoreándolos, y quedarse tan tejedores, tan escribientes, tan cajistas, tan zapateros, tan pobres y tan ignorantes y tan paganos como antes... ¡y locos de contentos!... ¡Oh manía de las manías! ¡Oh candor de los candores!

He dicho que la mitad del género humano está tocada de esas locuras. Pues la mitad de la otra mitad tiene, cuando menos, la manía de meterse en todo lo que no le importa: lo que tiene su vecino, lo que come, lo que viste, lo que gasta, lo que ahorra, lo que debe; qué empresas acomete: si son atinadas, si son locuras, si se arruinará: si lo merece, si no lo merece, si listo, si tonto, si terco, si cándido. La casa que se construye á la plaza: por qué es tan grande, por qué tan chica; si alta, si baja, si huelgan los peones, si hay muchos, si hay pocos; si avanza la obra, que «así irá ello»; si va lentamente, que «por qué no se acaba ya?» Estas cosas quitan el sueño á muchísimos hombres, y por ellas sudan y porfían, y no tienen paz ni sosiego.

¿Y los que se pasan lo mejor de la vida rascando las cuerdas de un violín, hinchando las del pescuezo para hacer sonar un clarinete, ó recortando figuritas de papel, persuadidos de que han nacido para ello, aunque la vecindad se amotine contra la música, y hallen en los basureros los primores que de las tijeras pasan, por paquetes, á los álbum de sus amigas?

Y entre estos mismos seres, al parecer exentos de toda deformidad maniática, ¿no hay cada manía que canta el credo? ¿No es un filón de ellas cada estación del año, amén de otras que no cito por respecto á la debilidad del sexo? ¿Qué son, sino manías, los estatutos de la vida elegante y las exigencias de la moda?

¿Y la manía del matrimonio, y la de la paternidad, y la de la propaganda con tan santos fines, y la de hacer versos, y la de ser chistoso... y la de culotar pipas?

Pues todo esto, con ser tanto y tan frecuente, es un grano de anís comparado con la manía coleccionista, que va invadiendo el mundo con toda su redondez. Se coleccionan sellos, se coleccionan cajas de fósforos, se coleccionan botones, y tachuelas, y sombreros, y tirantes, y todo género de inmundicias, y se pagan precios fabulosos por cosas que los traperos abandonan con desdén en las barreduras. Un plato de Talavera vale ya tanto como una vajilla de la Cartuja, y un trapo da para una capa; y si tiene auténtica y resulta por ella ser un pedazo del herreruelo de don Rodrigo Calderón, vale un tesoro; y no tendrá precio si se trata de un jirón de la casa de los Jirones, ó de un pañal de la camisa de un cortesano de Felipe II. Un Vargueño herrumbroso, infestado por las chinches y taladrado por las polillas, vuelve tarumba al hombre de gusto que topa con él en el desván de su vecino, ó en los montones del Rastro; y la espada mohosa, y la daga roída, y el morrión aplastado... ¿quién sabe lo que valen hoy si el vendedor lo entiende y el comprador es de casta?

Y hétenos aquí, como traídos del brazo, de patitas entre los señores bibliómanos, la flor y nata, como si dijéramos, de las extravagancias y de los delirios.