Y ¿á qué seguir, cándido lector, si no cabría en libros la lista de las especies de rarezas, vicios y debilidades que tienen y han tenido los hombres cuyas obras admira el mundo y vencerán al tiempo?
¿Qué te diré yo ahora si de esa encumbrada región descendemos al mísero polvo de la tierra, á la masa vulgar de los mortales? Mira en tu casa, mira en tu calle, mira en la plaza, en la tertulia, en el paseo, y verás que cada hombre es una manía cuando no un vivero de ellas.
Tu mujer no se cortará las uñas en menguante, ni dormirá con sosiego después de haber derramado la sal sobre la mesa; ni tú te pondrás á comer con otros doce, ni emprenderás viaje en martes, ni permitirás que en tal día se case ninguno de tus hijos.
Fíjate en el primer corrillo que encuentres al salir de casa, y observa: un prójimo no halla palabras en su boca si no echa una mano á la corbata, á las solapas, á la cadena del reló ó á las patillas de su interlocutor. Otro se ve en igual apuro si no tira el sombrero hacia la coronilla, y no agarra por el brazo al mártir que le escucha. Otro necesita girar sobre sus talones para perjeñar una frase. Otro será derrotado en una porfía, aunque defienda el Evangelio, si no se rasca un muslo en cada premisa, y no deduce la consecuencia sonándose las narices; y, de fijo, no faltará uno, á quien le apeste la boca, que deje de arrimarla mucho á la tuya para darte el más breve recado.
No digamos nada de las muletillas, hincapiés ó apoyaturas del diálogo. Los «¿está usted?» «¿me entiende usted?««¿me explico?» «pues»; «¿eh?» hasta el inescribible carraspeo de los que peroran, y los «sí, señor»; «mucho que sí»; «comprendo, comprendo»; «justo, justo»; «claro»; «¡pues digo!» «tiene usted razón»; «¡ajajá!» de los que escuchan, aunque no entiendan lo que se les dice, son el alma de la retórica de corrillos y cafés.
La manía de los números es de las más corrientes. Hay hombre que la toma con el número tres, por ejemplo, y se lava de tres chapuces, bebe de tres sorbos, se pone la corbata en tres tiempos, come á las tres tres cosas en tres platos, da tres vueltas en el paseo y las tres últimas chupadas al cigarro. Si el número tres no alcanza á satisfacer sus deseos, como le sucede en la mesa, le triplica.
Las ramas de esta familia son innumerables, y á ella pertenecen por un costado las personas que fían el éxito de sus negocios al resultado de una apuesta que se hace in mente, por el estilo de la que, según queda dicho, se hacía Rousseau á cada instante. Verbigracia: un señor, á quien yo conozco, no da un paso en la calle sin contar un día de la semana, y al salir de casa se propone él en que ha de llegar al fin de su jornada; advirtiendo á ustedes que al éxito de este propósito une la suerte del negocio que va á emprender, ó del asunto que á la sazón le preocupe. Supongamos que compra un billete de la lotería. Al salir de la administración se dice: «Si llego á mi casa en jueves, me toca»; y hala que te vas, comienza á contar: lunes, martes, miércoles... á razón de paso por día. Ganará la apuesta si, al poner el pie en el umbral de la puerta de su casa, le toca decir jueves. Estos monomaniacos son un tantico tramposos; pues ya la experiencia les hace conocer desde lejos si han de faltarles ó sobrarles días, por lo cual cambian el paso en el sentido de sus conveniencias. Pero la duda de si es ó no lícita la trampa, les hunde en nuevas preocupaciones, de lo cual les resulta una manía-remedio tan molesta como la manía-enfermedad.
Sigue inmediatamente á ésta la de ir siempre por el mismo camino para llegar al mismo punto; ó, al contrario, buscar una nueva senda cada vez que se emprende el mismo viaje; la de no volver á hacer, á comer ni á vestir, lo que hizo, comió y vistió el aprensivo el día en que le descalabraron en la calle ó perdió el pleito; la de no pisar jamás la raya mientras se anda por la acera; la de no embarcarse en días de r; la de no acostarse sobre el lado izquierdo después de beber agua... y tutti quanti.
Pues entremos con las carreras, oficios y empleos... ¿Han conocido ustedes algún marino que no use en los negocios terrestres el lenguaje náutico? Para el hombre de mar, si de mujeres se trata, la jamona es una urca; la joven esbelta, una piragua; fijarse en ella, ponerle la proa; hablarla, atracar al costado; casarse, zozobrar, irse á pique. El amante es un corsario: si tiene mucha nariz, de gran tajamar; si es alto, mucha guinda.
Como el marino en tierra, hay médicos, y abogados, y curiales de toda especie, y militares... y zapateros, que usan el lenguaje técnico de la profesión ó del oficio, siempre que pueden, que es siempre que les da la gana, lo cual sucede cada vez que se ponen á hablar.