Paer, mientras componía, gritaba con todas sus fuerzas y mandaba á su mujer, á sus amigos y á sus criados que gritasen también.
Paisiello componía en la cama, y Zingarelli leyendo los clásicos latinos y los Padres de la Iglesia.
Á Byron le envanecía más su renombre de nadador que de poeta; y el haber pasado seis veces el Helesponto por realizar la fábula de Leandro, le halagaba más el orgullo que el haberse vendido en un solo día 18.000 ejemplares de su Don Juan. Tenía pasión por andar en mangas de camisa por parques y alamedas; y antojándosele que los transeúntes reparaban demasiado en su cojera, muy á menudo se enredaba á sopapos con ellos. En Inglaterra fué su vida un perpetuo escándalo que jamás le perdonó aquella encopetada aristocracia. Teniendo miedo á la obesidad, que él llamaba hidropesía de aceite, cuando fué á Grecia sólo se alimentó de manteca y vegetales; y como este alimento no bastaba á su naturaleza poderosa, entretenía el hambre, que sin cesar le asaltaba, con una oblea empapada en aguardiente. Todas las mañanas se medía la cintura y las muñecas. (Véanse sus Memorias).
Edgard Poe buscaba la luz fatídica y misteriosa con que alumbra sus portentosas investigaciones por los abismos del espíritu humano, en el alcohol. Era un borracho contumaz: matóle el delirium tremens, y se halló su cadáver en medio de la vía pública.
La vida de Swift, el inmortal autor de los Viajes de Gulliver, fué una cadena de deslealtades y prevaricaciones, terminada con la locura.
Al célebre J. Jacobo le atormentaba sin cesar la duda de su final destino. Refiérese que en sus frecuentes paseos solitarios, lo mismo que en su habitación, solía elegir un blanco en los árboles ó en la pared, al cual lanzaba su bastón desde cierta distancia.—«Si doy en él, pensaba, mi alma será salva; si no le toca, se condenará».
Lichtemberg dice textualmente: «Nadie es capaz de saber lo que yo padezco al considerar que, desde veinte años hace, no he podido estornudar tres veces seguidas... ¡Ah! si yo consiguiera persuadirme de que estoy bueno, ¡qué feliz, sería!».
Carlos Nodier no admitía en su biblioteca más que libros en 8.°, y Joubert arrancaba de los que adquiría todas las hojas que no le agradaban; y como era hombre de gusto, quedábase con poco más que la encuadernación de cada libro.
El pintor Rembrandt se moría de hambre teniendo tesoros amontonados en los sótanos de su miserable vivienda.
Balzac sentía verdadera fiebre especuladora, y se pasó la vida tanteando negocios, siempre de baja estofa y desatinados, porque tenía poco dinero y no sabía más que escribir novelas...