Á los guerreros famosos representábamelos siempre como se ven en el teatro, con la mirada napoleónica, cargados de cruces y alamares, y andando á paso trágico; á los diplomáticos, con la casaca bordada, la diestra en el pecho, sentados en áureo sillón, muchos protocolos encima de la mesa, y la izquierda mano sobre uno de ellos; á los músicos, á los pintores, abismados en las profundidades de su inspiración. En unos y en otros casos, nada de prosa doméstica, nada de dolores del cuerpo, nada de extravagancias, ni de resabios, ni de vulgar...
¡Qué candor el mío! Precisamente en esta aristocracia de la humanidad es donde andan el desorden, las miserias, las pasiones y las manías como Pedro por su casa; y no habría libro más curioso... ni más triste, que el que tratara de las preocupaciones, ridiculeces, vicios y extravagancias de los grandes hombres, y de los que levantan una pulgada más que el vulgo de las gentes.
Desde luego puede asegurarse que no hay, ni ha habido sabio, ni escritor de nota, que haya tenido ni tenga método, ni orden, ni gobierno en el estudio, ni en la comida, ni para escribir; y rara es la obra que leemos y contemplamos con admiración, que no necesitara, como auxiliar poderoso en su nacimiento, alguna manía prosaica y hasta grotesca.
Os dirán de un poeta célebre sus amigos, que escribe de pie y sobre un montón de libros colocados en una silla.
Mezerai, el historiador, trabajaba con luz artificial de día, y despedía á las personas que iban á verle acompañándolas, con la bujía en la mano, hasta la puerta de la calle.
Á Corneille le daba por lo contrario: buscaba la obscuridad para componer sus obras.
¿Quién no ha visto á Walter Scott retratado con un perro á su lado? La fama dice que manoseando la cabeza de este animal, era como mejor pensaba y escribía el célebre novelista escocés.
Malherbe era muy friático, y se ponía varios pares de medias á la vez; por lo cual, y temiendo ponerse en una pierna más que en la otra, las marcaba con letras. Él mismo confiesa que hubo día en que llegó á calzarse hasta la L.
De un literato español, de reciente fecha, Zea, dice uno de sus amigos que, mientras meditaba, se golpeaba la cabeza con una reglilla.
Gretry, el músico, para inspirarse ayunaba rigorosamente y tomaba café á pasto, y enardecía su musa tocando el piano sin cesar, hasta arrojar sangre por la boca. Sólo entonces descansaba y trataba de contener la hemorragia. Refiérelo el doctor Reveille-Parise, famoso higienista.