1878.

NOTAS:

[7] Este artículo fué leído por su autor en una velada literario-musical, dispuesta por el Alcalde de Santander, don Tomás C. de Agüero, á beneficio de los pobres.

MANÍAS

Afirmo que no existe, ni ha existido, un nieto de Adán sin ellas. Por lo que á mí toca, desde luego declaro que tengo una. Por ser lo que es y de quien es, no quiero aburrir al lector diciéndole en qué consiste; pero, en cambio, voy á hablarle de las suyas y de las de sus amigos y allegados, con la previa advertencia de que la palabra manía no ha de tener aquí la única significación de locura que le da la ciencia; yo la uso, además, en su acepción vulgar de extravagancia, resabio, etc. Así las cosas, repito que la humanidad entera es una pura manía. Me he convencido de ello desde que al conocer la mía, y por el deseo de consolarme de ella, di en la de observar las del prójimo.

Yo era de los cándidos que ven á los hombres privilegiados sólo á la luz de su fama ó de sus relumbrones, y á los colaterales, con las cataratas que da la costumbre de mirarlos sin reparar en ellos.

Un escritor ilustre, un pensador profundo, era á mis ojos el hombre que veía en sus libros. Representábamele, escribiéndolos, lo mismo que se retratan los poetas cursis: vestidos de etiqueta, arrimados al pupitre, graves y solemnes, y observando aquella regularidad matemática que encarga Torío que haya entre la mesa y el asiento; rodeados de libros en pasta, unos cerrados, otros abiertos; la cabeza alta, los ojos casi en blanco, y las ideas pasando de la mente á la pluma con la facilidad con que bajan las cristalinas murmurantes aguas del monte á la llanura. De una inocentada por el estilo debe de haber nacido la admitida creencia de que Buffon escribió su Historia Natural con guantes blancos.

Si la celebridad era del género cáustico, veíala yo igualmente sentada á la mesa, ataviada en carácter, con cierto desaliño artístico, la melena revuelta y ondulante, por pluma una saeta con cascabeles, la boca sonriente y los ojos chispeantes; y éste y el otro, y todos los hombres de su talla, escribían á todas horas y siempre que se les antojaba. Los chistes de los unos y las profundidades de los otros, eran tan necesarios en ellos, como la facultad de ver en cuanto se abren los ojos. Sus cerebros estaban en constante elaboración, sin fatigas, sin violencias, sin la menor dificultad, y derramaban las ideas digeridas y á borbotones sobre el papel, tan pronto como la voluntad alzaba las compuertas con la pluma.