Sin dejarme decir algunas palabras de pura cortesía, continuó así el buen señor:
—Se reirá usted de mí, porque apenas despliego los labios, comienzan á asomar la oreja mis manías de viejo... Así llaman los jóvenes á nuestra afición á evocar recuerdos de otras edades... Hay mucha injusticia en eso. Quien, como yo, no tiene por delante más que una tumba y una mortaja, cuadro en verdad poco risueño y deleitable, necesita volver los ojos á lo pasado para no morirse de tristeza; y cuanto más lejos, mejor... Por eso me gustan tanto los niños. Ellos vienen, yo me voy; nos encontramos á la puerta del mundo, unos entrando y otros saliendo. Viajeros con opuesto rumbo, que hacemos una parada en una misma estación y comemos en la misma mesa. Ellos me hablan de lo que vienen á buscar; yo les hablo de lo que por acá dejo... Esto divierte y consuela. El resto de la humanidad ya no me pertenece, como no me pertenece lo que conduce el tren que se cruza con el que á mí me lleva á la eternidad. Alargar todo lo posible los momentos de parada, á fin de que dure un poco más la compañía de la mesa, es ya mi único negocio. Á él me consagro tiempo ha, y aquí me vengo todos los días, como un niño, á jugar con estos niños... ¿Por dónde andan esos diablejos?... Helos allí... ¡Qué monísimos son!... Verá usted lo que tardan en asaltarme... y en desvalijarme... Afortunadamente vengo hoy bien pertrechado de metralla para defenderme. Caramelos... rosquillas... estampas; y en este otro bolsillo, medio quintal de paciencias... ¡Cuánta necesito á veces para armonizar tantas cabecitas sin tornillo, y para no enfadarme!... ¡Sí, señor, para no enfadarme!... ¡Ahí anda un Gabrielón, travieso y mal intencionado!... Ayer me tiró con una aceituna desde su balcón... Pues mire usted, sentí aquel golpe como si hubiera sido un balazo... porque ni yo le había dado motivos para ello... ni está bien que así se trate á los mayores, bajo ningún pretexto... ¿No lo dije? ¡Ya está la nube encima!...
En efecto, la misma que poco antes había caído sobre mí, pero lenta y apacible, envolvió al octogenario, tormentosa y rugiente. Entre gritos de «¡papá Moisés, señor don Moisés!» y alguno de «¡Señor Matusalén!» que yo jurara que procedía de los pulmones de Gabrielón, aquella muchedumbre estrujó al anciano, asaltándole por piernas, brazos y cabeza. Quién le besaba, quién le sacudía, quién le interpelaba, quién, más osado, le registraba los bolsillos... hasta que, falto ya de respiración, arrojó por encima de las cabezas de todos un paquete de almendras, que se desparramaron en el suelo; cebo estimulante sobre el cual se echó en el acto aquella bandada de pájaros golosos. Empezó luego el reparto de lo que quedaba en los bolsillos, y no faltaron entonces reclamaciones, protestas y refunfuños de una y otra parte, y aun llegó á riña formal, entre el anciano y Gabriel, lo que empezó por quejas del primero sobre el incidente de la aceituna, al ofrecer su ración, un tanto mermada, al segundo. Intervine poniendo paz, cuando vi que las sequedades del muchacho iban á hacer llorar de pena al pobre viejo; dióle un beso cada cual, como firma de amor y de alianza; y, ya todos unos, como dijo don Moisés hecho unas pascuas, pusiéronse á jugar los rapazuelos delante del anciano, haciéndole juez árbitro de sus contiendas, lo cual le deleitaba y entretenía.
Pues éste es otro niño—dije para mí, contemplándole;—y con él son ya tres los ejemplares. Es decir, que de tres no bajan las necesarias infancias del hombre, las que son inseparables condiciones de otras tantas edades de la vida... porque si á sumar vamos las que son el fruto de las mundanas flaquezas, casi son tantas como los años que vivimos.
Niño es, en efecto, el hombre que de vanidades se nutre y al huero relumbrón endereza todas sus aspiraciones; niño cuando se pavonea con un cintajo en la solapa, como si fuera señal de sus virtudes y no de la amistad de un prócer dadivoso; niño cuando se desvela por adquirir un diploma que le autorice para estampar en coches y tarjetas dos calderos y una escoba, ó cualquier otro emblema heráldico no menos expresivo y linajudo; niño cuando, ya con canas, se prenda de su apostura, y despilfarra ante el espejo las horas que niega á más honrosos y transcendentales afanes; niño cuando... cuando se parece á tantos y tantos nietos de Adán por el estilo; y niño, en fin, soy yo, que con frecuencia me enredo en tales filosofías.
Pero volviendo á los niños ochentones, ¡cuántos hay en uno y otro sexo que han tomado la ciencia, las letras, las artes ó la caridad por juguetes, y dejan el sendero de su vida lleno de luz y de beneficios, en bien de sus semejantes!... Preciso es convenir en que estos niños tienen mucho de ángeles... Y conviniendo en ello, forzoso es declarar que la raza de Caín no es tan mala como su fama la pinta.
Pensando así, levantéme con rumbo á mi casa; pero nuevos aires me soplaron, y á otras regiones más intranquilas me condujeron las ideas. Y extendí la mente por los campos de la historia; y al ver la haz de la tierra cubierta de ruinas y de cadáveres; á las razas luchando contra las razas; á las ideas contra las ideas; al ver la fuerza convertida en derecho y á los pícaros en la cumbre de los honores, y á los buenos en el abismo de todas las desventuras; á la mujer holgada y consentida, arrojando á los pies de su amante el honor de su marido; al marido, mancillando en torpes mancebías la fe jurada en los altares; al ver al poderoso explotar al necesitado, y al necesitado escupir la mano que le da la hogaza; al ver aquí el látigo, allí la tea, acá el atropello, allá la asechanza, y en todas partes y en todos tiempos y á todas horas, el orgullo, la soberbia, la envidia, la venganza, imponiéndose al mundo como una calamidad incontrarrestable—¡ay! exclamé en mis adentros,—niño es el hombre, y aun con frecuencia es ángel; pero también es tigre carnicero en cuanto arroja á Dios de su conciencia.
Dicho está que este hallazgo no me satisfizo tanto como el anterior; pero consoléme mucho al caer en la cuenta de que si Dios entregó el mundo á las ambiciones y á las disputas de los hombres, también infundió en los buenos el sublime sentimiento de la caridad para ejemplo de verdugos y consuelo de perseguidos y desheredados.
Y andando, andando, con la mente abismada en tan santas cavilaciones, mi capa no parecía.
Y las horas corrieron, y los días pasaron, y la inspiración no vino, y llegó el trance fatal, y trajéronme al banquillo de los reos... desde el cual me atrevo á suplicaros, después de llamar á las puertas de vuestro corazón con las narradas dificultades, como testimonio fiel de una heroica voluntad, que la toméis en cuenta para absolverme de las confesadas culpas de mi torpe ingenio.