—¡Contra, qué lápiz!—exclamó el más talludo. Y tuve que dársele. Así me arramblaron cuanto en la cartera flotaba ó relucía.

Noté que, según me iban desvalijando, se mostraban menos pegajosos; y cuando nada tuve que darles, bastó media palabra para que desaparecieran de mi vista como bandada de gorriones al ruido de una palmada.

Entonces advertí que en el banco de enfrente se habían sentado hasta media docena de incipientes galanes; mozos de semillero, metidos de cuajo en la edad más antipática de la vida humana; conjunto desgarbado de brazos, zancas y pescuezo, en la cual edad todo en el hombre es transitorio y pegadizo, y nada completo ni armonioso; pájaros en tiempo de muda, como ellos son escalofriados y angulosos; huyen de los niños porque se juzgan hombres, y los hombres los rechazan porque los toman por niños. Para remate de desentono, hasta los sastres se complacen en extremar sobre ellos los caprichos de la moda con tajos y recortes atrevidos, que sólo conducen á poner en evidencia el armazón que falta en el tronco, ó el esqueleto que sobra en las extremidades. En mis tiempos se los conocía con el adecuado nombre de pollos; hoy se les llama, si no estoy mal informado, sietemesinos y gomosos. Llegaban perceptibles hasta mí sus declamaciones, altisonancias y discreteos; pues hablando ellos para ser oídos de sedentarios y transeúntes, buscaban de propio intento lo más sonoro y atractivo del habla castellana. Quien de los seis mostrábase mal ferido de punta de amor, y lloraba y gemía contrariedades y discordancias; quien, más feliz en sus empresas, dábale amparo y consejo, y afanábase por pintarle como artificios y disimulaciones lo que el atribulado tomaba por desdenes ciertos y coqueterías probadas; quien, pellizcándose el musgo mal nacido de su labio, y frunciendo los dos con menosprecio, burlábase del candor de los amantes que aún creen en el amor y en las mujeres, porque él, á los diez y ocho años que á la sazón contaba, tenía petrificado el corazón á fuerza de desengaños y mentiras.

Otro, nacido para amar, no hallaba ocasión propicia para mostrar su corazón abierto á tantas mujeres que parecían venidas al mundo para corresponderle.

Otro estaba por las glorias de la inteligencia, y no aceptaba el amor sino como resorte para mover á los personajes de sus creaciones en proyecto. Tenía un drama comenzado y tres novelas en embrión, y estudiaba el carácter y la situación de aquéllos sus amigos para reproducirlos en la escena y en el libro. El último, lacio, encanijado y escrofuloso, no hablaba sino para echar por aquella boca estocadas y pistoletazos, los cuales medios, según la experiencia se lo demostraba cada día, eran los únicos que todo hombre de corazón, como él, debía aceptar para desembarazar de dificultades el sempiterno drama de la vida.

Á lo mejor del cacareo, venían á enardecerle el sastre y el zapatero, como accesorios del asunto principal; pues no faltó quien achacase parte de un fracaso galante, á la influencia de un levitín con dos centímetros de más en la longitud de las haldillas, ó á la de un punto menos en la altura de los tacones. De aquí se pasó á ponderar la fortuna de los elegantes que hallan, en las grandes capitales, artistas de talento que comprenden la filosofía del corte y la estética de la moda, haciendo así que las clases no se confundan, y brillen en todo su esplendor de cuna los jóvenes distinguidos y elegantes.

En éstas y otras, comenzó á poblarse el sitio de paseantes, y noté que algunas parejas femeninas, sólo con pasar por delante de los gomosos, dejáronlos como petrificados en el banco. Callaron todos de repente, y el tierno y el desdeñoso, el poeta y el espadachín, el más tímido y el más osado, pusieron los ojos tiernos, y en exhibición el atractivo que en más estima tenían: quién la cabellera, quién la curva del pecho, quién la rectitud de la pierna, quién los dientes, quién el pie, y todos, unánimemente, los puños de la camisa. Después se dividieron en parejas, y cada una de ellas se fué detrás de la femenil de sus preferencias, cuál suspirando, cuál hablando recio y escogido, cuál alardeando de agudo y de chistoso, pero todos en busca de un corazón y una mirada. Entonces noté con gusto que las damas de ahora, como las de mi tiempo, en cuanto se visten de largo, ya no gustan de muñecos. Pero los seis de marras creían lo contrario, y así se divertían.

Pues éstos—dije para mí—son otros niños felices, y no se diferencian de Pedrín y sus camaradas sino en que visten de otro modo y juegan al amor, al talento y á otras cosas serias, mientras los primeros juegan al marro ó á las aleluyas. Por lo demás, créense hermosos y opuestos, y son ridículos; admíranse de sus propios talentos, y son tontos de capirote; júzganse amados, y nadie los puede ver. Su vida es una constante equivocación. ¡Envidiable felicidad!

Un rayo de sol bañaba entonces el sitio que yo ocupaba, y el miedo de que me calentara los cascos con exceso, llevóme al otro extremo del banco. En el instante en que me acomodaba en el sombrío rincón, llegaba á ocupar el que dejé vacío un anciano octogenario, arrastrando los pies sobre la arena, y con el cuerpo vacilante encorvado sobre una cachaba. Eligió el punto en que más copiosamente se desparramaba el manojo de sol, y sentóse allí poco á poco y agarrándose, como si temiera romper en una brusca sacudida el hilo desgastado y tenue de su existencia. Saludóme con una penosa inflexión de su pescuezo y una mirada yerta, y devolvíle el saludo con respeto.

—Usted huye del calor—me dijo con voz desentonada y trémula, cuando se hubo sentado:—yo le busco con ansia. ¡Ineludible ley del equilibrio!... Á su edad de usted yo hacía otro tanto... Me sobraba el calor. Desde entonces, ¡cuántos inviernos han pasado sobre mí!... ¡Cuánto calor me han robado sus hielos!...