—¡Es un cascarruña... y muy acusón!—dijo Gabriel.

—¡Mecachis!—respondió Pedrín con cierta sonrisa irónica.

—¡Y sí!—añadió el otro:—siempre está poniéndome en mal con don Moisés.

—¿Quién es don Moisés?

—Un señor muy viejo que juba aquí con nosotros.

—Pues es preciso que hagáis las paces, ¡caramba!

—¿Yo con ése?...

—¡Para él estaba!...

—Ahora lo veremos.

Dije, y saqué la cartera. Al verla, el enjambre se echó sobre mí. Teníala bien repleta de estampitas y otras puerilidades análogas; porque es de saberse que, aun sin las eventualidades de la calle, no me faltan ocasiones de desocuparla muy á menudo. Ofrecí las mejores á los dos enemigos rapaces, á condición de que se abrazaran; y sin quitar los ojos de la cartera, estrujáronse heroicamente. Cumplí mi palabra en el acto; y mientras les entregaba las estampas, los ojos de los demás no cesaban de ir de los míos á la cartera, y de la cartera á los míos, á la vez que sus manos tanteaban las inmediaciones de las estampas, con una inquietud nerviosa. Comprendí la mímica y repartí una figurita á cada uno.