Mientras así, y por el estilo, departía yo con Pedrín, el llamado Gabielón había llegado junto á sus camaradas, un tanto sobresaltados al ver caer al fugitivo, y no poco recelosos al contemplarle luego bajo mi protección. El causante, más valiente ó más curioso, después de enterarse de todo y de meditar un momento, salió del grupo; y arrimándose á los árboles, y haciendo una paradita en cada uno de ellos, durante las cuales se roía la yema del índice, sin dejar de mirarme de reojo, llegó hasta el banco inmediato al que yo ocupaba. Pronto imitaron el ejemplo sus camaradas, acercándoseme poco á poco, con las caras compungidas y dando á sus respectivos continentes el aire más inofensivo y bonachón.
Era el enemigo de Pedrín trigueño, de ojos de terciopelo, tan negros como centellantes, de blanca y apretada dentadura, labios finos y un tanto desdeñosos, muy rollizo y bastante desaliñado en el vestir.
—¡Ven acá, buena pieza!—díjele cuando estuvo á pocos pasos de mí.—¿Por qué tienes tirria á Pedrín?
Decir yo esto y rodearme la infantil muchedumbre, fué una misma cosa. Saeteábanme sus ojuelos con verdadera avidez; y aquel racimo de angelicales cabezas y de cuerpos entrelazados, traíame á la memoria el famoso capricho de la Fecundidad, que eternizó el pincel del Tiziano.
Callóse Gabrielón á mi pregunta, y respondióle un camarada desdentado, por estar en la mudanza de los incisivos:
—¡No le tiene tirria!
—Pues ¿qué le tiene, sino?—repliqué fingiéndome muy serio.
—No sé yo qué le tendrá,—repuso, muy grave, el entremetido.
Otras voces salieron también del grupo; y aunque negando todos los supuestos rencores de Gabriel, acusáronle, unánimes, de ser muy dado á pintar sabandijas en los márgenes de las planas, y hacer pajaritas con las hojas del Catecismo; cargos que escuchaba el acusado balanceando el cuerpo, recostado contra el árbol, y arrancando media suela descosida de uno de sus zapatos con el otro pie.
Toméle yo de todo esto para entrar en animado diálogo con todos ellos; y tras larga y bulliciosa sesión, á duras penas los puse en orden y en silencio, contándoles, entre otros, el cuento de Alí-Baba, ó sea el de Los cuarenta ladrones exterminados por una esclava. Cuando los vi más hechizados con los recuerdos del tesoro, que yo les había descrito á mi manera, de la caverna misteriosa que franqueaba sus puertas á la mágica frase de ¡Sésamo, ábrete! propuse la paz entre los dos enemistados camaradas.