Un hombre, porque tiene la cara así y el talle del otro modo, es cordialmente antipático á cuantos no le conocen sino de vista, que son los más.
—¡Qué cara! ¡qué talle! ¡qué levita! ¡qué aire!—dice con ira cada uno de ellos, al verle pasar. Y si averiguan que se ha descalabrado, por resbalarse en la acera,
—¡Me alegro!—exclaman con fruición,—porque ¡cuidado si es cargante ese mozo!
Y si se habla de un ahogado en el baño, ó de un infeliz cosido á puñaladas en una callejuela, ó de un desgraciado mordido por un perro rabioso, dícense, con cierta delectación, pensando en el antipático:
—¡Él es!
Pero llega un día en que se le ve del brazo de quien más le despellejaba; pregúntase á éste cómo puede soportar la compañía de un hombre tan insufrible, y responde con el corazón en la mano:
—Amigo, estábamos en un grandísimo error: ese sujeto es lo más fino, lo más discreto, lo más bondadoso... lo más simpático que darse puede.
Así es, en efecto, el fondo de aquel carácter que en el concepto público, según la fama, es todo lo contrario, por lo cual se le niega la sal y el fuego.
Ilustraré este caso con otro dato, que si no es enteramente irrecusable, es, cuando menos, de una ingenuidad meritoria. No sé, ni me importa saber, la opinión de que goza mi propio carácter entre la gente; pero es lo cierto que hombres que hoy son íntimos y bien probados amigos míos, me han dicho alguna vez:
—¡Caray, qué insoportable me eras cuando no te conocía tan á fondo como ahora!