Jamás me he cansado en preguntarles el por qué de su antipatía. Cabalmente la sentía yo hacia ellos en igual grado de fuerza.

—¡Qué hombre tan célebre es Diego!—dice la fama.—Es un costal de gracias y donaires.

Y es porque Diego hace reir á cuantas personas le escuchan, y sus burlas son celebradas en todas partes, y sus bromazos corren de boca en boca y de tertulia en tertulia, y hasta las anécdotas más antiguas y resobadas se le atribuyen á él por sus admiradores.

Ocúrresele á usted un día estudiar un poco á fondo al célebre Diego, y hállale hombre vulgarísimo, ignorante y sin pizca de ingenio ni de cultura; capaz de desollar la honra de su madre, á trueque de hacerse aplaudir de aquellos mismos que le han colocado con sus palmoteos en la imprescindible necesidad de ser gracioso.

Al revés de Diego, Juan es ingenioso y prudente, seco y punzante en sus sátiras, oportuno y justo al servirse de ellas; y, sin embargo, Juan, según dicen, es una vulgaridad antipática.

Una dama espléndida y de buen humor, reúne en su casa, muy á menudo, una escogida sociedad. La tal señora no tiene, en buena justicia, prenda que digna de notar sea en su persona. En terreno neutral, sería una completa vulgaridad. Pero hay lujo en sus salones y gabinetes, variedad en sus fiestas, abundancia en sus buffets, novedad en sus trajes, y siempre una sonrisa en su cara. Los asiduos tertulianos se saturan de este conjunto; siéntense repletitos de estómago en el elegante comedor, bien divertidos en el estrado suntuoso, hartos de música y de danza, y todo de balde y cada día. ¿Cómo, á la luz de tantas satisfacciones, no ha de parecerles encantadora, ó por lo menos distinguidísima, la persona que se las procura, con celo y desinterés verdaderamente maternales?

Así nace la fama de esa distinción: pregónanla las bocas de los tertulianos donde quiera que se baila y se cena de balde, y luego en corrillos y cafés, y cátala proverbial en todo el pueblo, y á la dama, autorizada para enmendar la plana á la moda reinante y acreditar caprichosos aditamentos de su invención, como prendas de gusto superfino.

Enséñansela en la calle á usted, que no baila, y dícenle los que la saludan:

—¡Qué señora tan elegante, tan chic... y qué talento tiene!

Ni usted la halla elegante, ni eso que los elegantes llaman chic, no sé por qué; ni ha visto usted una muestra del ensalzado talento; pero tanto se lo aseguran, que antes duda usted de la claridad de su vista y de la solidez de su juicio, que de la razón de la fama.