Al mismo tiempo pasa otra señora, bella á todas luces, elegante sin trapos raros, y discreta á carta cabal; y usted, que es sincero, dice al punto á los otros:

—¡Esto es lo que se llama un tipo elegante y distinguido!...

—Cierto que no es enteramente vulgo—le contestan con desdén;—no es fea, no es tonta... pero le falta, le falta... vamos, le falta...

—¡Qué canario!—digo yo:—lo que le falta es dar un baile cada tres días y una cena en cada baile, como la otra; pues la mayor parte de los juicios que hacemos de las cosas, dependen, según afirmó muy cuerdamente el poeta,

del cristal con que se miran.

Demuestran los casos citados, y otros parecidos que no apunto por innecesarios, que la señora fama no juega siempre limpio en sus pregones, y que al inocente que se descuida le vende gato por liebre, ó, siguiendo el símil habanero, ataja sin caridad ni justicia al primer transeúnte que corre delante de ella, mientras el verdadero delincuente fuma tranquilo el robado veguero dos puertas más abajo.

Pero, al fin, estos ejemplares no mueren en el trance, y, aunque heridos y maltrechos, llegan á curarse; y, en ocasiones, hasta parece el ratero y lleva su merecido en la cárcel de la opinión pública.

Donde el ataja es de muerte, y completa la perversión del buen sentido, es en lo referente al pecado social de la «intolerancia», contra el que bufan y trinan los hombres y las mujeres que tienen la manía de creerse muy tolerantes, y, lo que es peor, la de contárselo á todo el mundo. Aquí sí que puede decirse que van los proyectiles á la cabeza de los atajados, cuando debieran estrellarse en las de los atajadores.

Esto es lo que vamos á ver, con clarísimos ejemplos y no con estiradas metafísicas, que marean más que convencen, y además no caben en la paciencia angelical de usted ni en la mía.

Como punto de partida, y para los efectos legítimos de esta conversación, hemos de fijar el verdadero alcance que tienen la intolerancia y la tolerancia á que me refiero.