Llámase, en el ordinario trato social, intolerante, al hombre que, de cuanto ve á su lado, solamente aplaude lo que le agrada, ó le parece ajustado á las leyes del buen sentido; y se llama tolerante al que lo aplaude todo, racional y absurdo, serio y ridículo, cómodo y molesto; al que á todo se amolda en la sociedad, menos á tolerar con calma que otros censuren algo de ello.
Y dice usted, como deducción lógica de estas dos definiciones:
—Luego viene á quedar reducido el caso, si no es cuestión de más ó de menos franqueza, á tener ó no tener paladar en los sesos. De cualquier modo, pierden el pleito los señores tolerantes.
Es la pura verdad; y para remacharla, vayan ahora los prometidos ejemplos, pues, como decía el soldado de la comedia que tanta gracia nos hizo en cierta ocasión, «con los deos se hacen los fideos».
Concurre usted ordinariamente, para esparcir las nieblas de mal humor, á un punto (llamémosle H), donde halla conversación, siquiera tolerable, lectura deleitosa, espacio para revolverse y muelles sillones en que tender, en un apuro, el cuerpo quebrantado. Allí no choca que usted permanezca mudo y silencioso, si el hablar le incomoda; ni lo que se hable le molesta, porque si no es instructivo ni risueño, tampoco es sandio. Aunque el tal esparcimiento no es cosa del otro jueves, para quien, como usted, no los cuenta por docenas, vale más de lo que parece. Pero un día se ve invadido el local por una turba de gomosos, que tararean trozos de ópera, y hablan á gritos, y se tumban sobre los muebles, y aporrean las mesas con los bastones, y se tirotean con chistes de rincón á rincón, y se descubren sus calaveradas del gran mundo... y lo demás de rúbrica en tales casos y entre tales gentes. Sufre usted con paciencia esta primera irrupción, y casi, casi, la segunda; pero al ver en la tercera que el mal se hace crónico, renuncia usted generosamente á sus adquiridos derechos, y no vuelve á poner los pies en aquel centro de racionales entretenimientos.
Uno de los tolerantes que con usted concurría á él, le encuentra en la calle andando los días.
—¿Cómo no va usted ya por allá?—le dice, abrazándole.
—Pues, hombre,—responde usted con entera ingenuidad,—porque no se puede sufrir aquello.
—¿Lo dice usted por esos chicos?...
—Cabal.