—¡Bah!... se ahoga usted en poca agua.

—Por lo visto, ¿á usted le divierten?

—Hombre, tanto como eso, no; pero no me incomodan.

—Pues á mí, sí.

—Porque, con franqueza, amigo: es usted ¡muy intolerante!

¡Vea usted qué jurisprudencia tan peregrina! Le echan á usted de casa; ni mata usted ni encarcela á los invasores; se larga usted á la calle sin despegar los labios, y distrae usted su fastidio brujuleando por donde mejor le parece, probablemente en paz y en gracia de Dios; hay quien halla tolerables las causas de este cambio forzoso de vida, ¡que ya es tolerar! y, al propio tiempo, no tolera que usted diga que huye de ellas porque no las puede resistir. ¡Y, sin embargo, usted es el intolerante, y no los que con cuatro majaderías quieren imponerse á cuarenta personas serias, ni las que se escandalizan de que alguien halle insoportable la imposición!

Otro caso análogo: frecuenta usted una tertulia de su gusto; concurren á ella las pocas personas que le han quedado á uno en limpio, del expurgo que viene haciendo durante el curso de la vida, en el montón de amigos que le tocó en suerte á la edad de color de rosa. Está usted allí como en su propio hogar; sabe usted de qué pie cojea cada uno, como cada uno lo sabe de usted, y se habla y se discurre con entera libertad y á gusto de todos, sin producir otras desazones que las puramente indispensables en toda reunión de amigos que, por lo mismo que lo son á prueba, rara vez están de acuerdo unos con otros. En estas reuniones semi-públicas, nunca faltan allegados que, aunque en segunda fila, toman parte, siquiera con la atención, en los debates de la primera. Habrá seguramente entre los allegados un señor muy fino y muy risueño, con bastón y gafas. No se moverá de la silla, no pedirá un fósforo, no hará una pregunta, sin despepitarse en excusas y cumplidos. «Usted dispense», «¿me hace usted el obsequio?» «con permiso de usted», etc., etc... y no habrá dicho en todo el año cosa más substanciosa. Pero, en una ocasión, trajo usted á la porfía (y note que no digo conversación), un apellido que hasta entonces no había sonado allí. Óyelo el de las gafas, y, clavándolas en usted, le pregunta, con una voz muy dulce y una cara muy risueña:

—¿Verduguillos ha dicho usted, caballero?

—Verduguillos, sí señor,—responde usted parándose en firme.

—¿Sabe usted—insiste el otro,—(y usted perdone si le interrumpo un momento), si ese señor de Verduguillos tiene parientes en Cuzcurrita de Río Tirón?