—¿Por qué he de saber yo eso, si jamás allá estuve, ni conozco á ese señor más que de vista?—replica usted con el sosiego y la amabilidad que eran de esperarse.

—Perdone usted, caballero—dice el intruso hecho unas mieles,—y verá por qué me he tomado la libertad de interrumpirle.

Y en esto, deja la silla, sale al centro, encárase con el grupo principal, afirma las gafas en el entrecejo, carraspea, sonríese y dice:

—Pues, señor, verán ustedes por qué me ha interesado tanto el oir á este caballero nombrar á ese señor de Verduguillos. Por el mes de septiembre del año treinta y ocho, salí yo de Zamora (donde nací y me crié y radican los pocos ó muchos bienes que heredé á la muerte de mis padres, y los que he podido adquirir después acá con el fruto de mis especulaciones modestas), con el propósito de hacer un largo viaje, por exigirlo así los asuntos de la familia, y también, si he de ser franco, el estado de mi salud...

Así comienza este señor la relación de un viaje por media España, con largas detenciones en todos los puertos y plazas del tránsito, y minuciosas observaciones estadísticas y climatéricas, sin pizca de interés, ni método, ni estilo, ni substancia, hasta venir á parar, al cabo de tres mortales cuartos de hora, á Logroño, en la cual ciudad conocía al comerciante don Fulano de Tal; y decirnos que, yendo á visitarle á su escritorio, hallóse allí con un caballero, muy amigo también del don Fulano, el cual don Fulano le dijo á él al despedirse el otro:

—Este señor que acaba de salir, es don Pacomio Verduguillos, natural y vecino de Cuzcurrita de Río Tirón.

Al llegar aquí con el cuento el de las gafas, espera usted el toque de efecto, el desenlace sorprendente, la gracia del suceso; porque es de saberse que el narrador se ha quedado en silencio y mirando de hito en hito á los resignados oyentes. Pero el silencio sigue y la sorpresa no asoma. Alguien se aventura, y pregunta al del bastón:

—Pero ¿por qué le chocó á usted tanto el oir nombrar á este Verduguillos?

—Hombre—responde el interpelado, con candidez angelical,—porque podía muy bien ser pariente del otro Verduguillos que yo conocí en Logroño.

¡Y para eso interrumpió un animado y sabrosísimo debate; y estuvo, durante cerca de una hora, ensartando insulsez tras de insulsez, simpleza tras de simpleza, adormeciendo á unos, quemando la sangre á otros y aburriéndolos á todos! Y usted llevó la cruz con paciencia, y yo también; y lo mismo al día siguiente, porque el bueno del zamorano, desde que pierde la cortedad con el primer relato, ya no cierra boca en la tertulia, y siempre tan ameno, divertido y oportuno. Pero nos permitimos los dos un desahoguillo en un aparte.