—Amigo—dije, ó me dijo usted,—¡este hombre es insufrible: estando él no se puede venir aquí! Y se oyó el rumor del desahogo, y ¡qué caras nos pusieron los señores tolerantes, que estaban tan aburridos como nosotros!

Al día siguiente asoma usted la cabeza á la puerta, ve al de las gafas en el uso de la palabra, retrocede y no vuelve; ni yo tampoco. Y porque no volvemos, y además decimos lo que mejor nos parece del motivo, ¡qué ponernos de intolerantes y hasta de inciviles!...

¡Caramba, protesto contra la enormidad de esta injusticia! En este caso no hay más intolerantes que el señor de Zamora, que interrumpe toda conversación racional y obliga á hombres de buen sentido á que oigan las interminables boberías que él enjareta sin punto de reposo, y los forzados tolerantes que le escuchan con paciencia, y no la tienen para oir que otros carecen de ella.

Trátase ahora de un embustero, que un día y otro día le abruma á usted con narraciones autobiográficas, sin principio ni fin, como la eternidad de Dios; pero muy punteadas, muy comeadas y con más espacios que un libro de malos versos. Oye usted una historia, y dos, y tres, ya con mala cara; pero, al fin, se acaba la paciencia, y un día interrumpe usted al sujeto de los á propósitos, y le dice:

—Mire usted, hombre: en primer lugar, la mayor parte de lo que usted me cuenta se lo he contado yo á usted en cuatro palabras; en segundo lugar, le sucedió á un condiscípulo mío en Oviedo, y no á un amigo de usted en Zaragoza; en tercer lugar, no pasó como usted lo refiere, sino del modo contrario: mi condiscípulo no adquirió una capa aquella noche, sino que perdió la que llevaba, y, además, el juicio, con costas, á los pocos días...

—Pues lo mismo da...

—Justo: media vuelta á la derecha es lo mismo que media vuelta á la izquierda, sólo que es todo lo contrario.

—¡Caramba, es usted lo más intolerante!... No se puede hablar con usted...

¡Todavía le parece poco, al ángel de Dios, la tolerancia que se ha tenido con él!

Media docena de mujeres, ó menos, si á usted le parecen muchas seis, se pasan una tarde entera desollando con la lengua al lucero del alba. ¡Eso sí, con las mejores formas y la intención más santa! De una dirán que es un dolor que, siendo tan bonita, sea tan charra en el vestir, tan tosca en el hablar, tan inconsecuente en sus amistades, tan desleal en sus amores; de otra, que es mordaz y maldiciente, en lo cual se perjudica mucho, porque teniendo esta falta, y la otra, y la de más allá, da pie para que cualquiera que se estime en tan poco como ella, se las saque á relucir; de otra, que es una desgraciada, porque el marido la ha puesto á ración, así en el vestir como en el bailar, á causa de que fué algo despilfarrada siempre en estos dos ramos de buena sociedad; de otra, que ya no halla modista que la haga un traje si no paga adelantadas las hechuras, y que no le venden nada en las tiendas, sino con el dinero en la mano, etc., etc., etc... En esto, entra usted (es un suponer) y, continuando el desuello, llegan á preguntarle si conoce á cierta señora de éstas ó las otras señas; y como la tal es mujer de historia, y usted la sabe de corrido, repítela allí con comentarios, creyendo hacer á su auditorio un señalado servicio. Yo creo también que usted se le hace, pues no fué á humo de pajas la preguntita; pero es lo cierto que todas aquellas señoras, después de oirle á usted, exclaman, con el más sincero de los asombros: