—¡Jesús!... Con razón dicen que es usted temible.
—¡Yo temible, señoras mías?—responde usted.—¿Y por qué?
—¡Porque es usted lo más intolerante y lo más!...
¡Vaya usted á convencer á aquellas damas de que viven constantemente encenagadas en el pecado que á usted le cuelgan!
No hay inconveniente en que, abandonando estos tiquis-miquis que ocurren en el ordinario trato social, dirijamos el anteojo unos grados más arriba.
Todos los días halla usted en periódicos, en folletos y en libros, sátiras, burlas y disertaciones en serio contra ideas, sentimientos y hasta personas muy de la devoción de usted. Ocúrresele mirar al campo de donde parten tantos proyectiles, y le ve usted sembrado de ridiculeces, farsas y toda clase de miserias; saca usted al palo media docena de ellas, por vía de muestra, en un papel, en un folleto ó en un libro; y ¡Virgen María, cómo le ponen á usted de intolerante y de mordaz, los mismos que tienen la mordacidad y la intolerancia por oficio!
Así andan, amigo, las cosas de justicia en el ordinario comercio de las gentes; así se ataja al más inofensivo en el trayecto social en que pasea su nombre, y así se pretende conducirle al extremo á que no llegan en el mundo más que las bestias... y los que tienen la manía de la tolerancia (siendo lógicos en ella): á ver, oir y callar... es decir, á matar la sed con petróleo, allí donde haya un extravagante que tal haga delante de usted.
Usted es hombre de sencillas y ordenadas costumbres (es también un suponer): ni el mundo le tira, ni sus pompas y algaradas le seducen. Éstos son gustos lícitos y racionales. Ajustándose á ellos, en paz y en gracia de Dios, se da usted con un baile en los ojos: tuerce usted el camino; tropieza usted más allá con una mascarada de calaveras del gran mundo: echa usted por otro lado; allí topa usted con la misma gente haciendo cuadros plásticos y animados acertijos: cambia usted de rumbo; aquí asaltos, en el otro lado conciertos... pues á la otra acera. Ni usted apedrea á los que bailan, ni apostrofa á los que jiran, ni se ríe de los que se descoyuntan para remedar á Cristo en la agonía, ni silba á los que reciben una sorpresa, anunciada quince días antes, ni influye con el Gobernador para que meta en la cárcel á toda esa gente: limítase á huir de lo que le aburre, y á hacer lo que más le divierte ó menos le incomoda. No haría otra cosa un santo.
Pero es el caso que los señores tolerantes no se conforman con esto, y quieren que les diga usted por qué no concurre á los bailes, y á las jiras, y á los cuadros vivos, y á los asaltos... y aquí está el intríngulis precisamente; y si estos RASGUÑOS que trazo no fueran, como he dicho, un inocente desahogo entre nosotros dos, y en reserva, me atrevería á llamar la atención del lector hacia el aparente fenómeno, cuya explicación es sencillísima, por lo cual, no es fenómeno, aunque por tal le toman algunos.
Cuando á usted se le pregunta por qué no piensa como su vecino sobre determinados puntos de transcendencia, á buen seguro que se le ocurra á nadie que oiga la respuesta, agarrarse á ella para llamarle á usted intolerante; pero que se le pregunte por qué no baila, por qué no jira, etc., etc... y no bien ha contestado usted, ya tiene encima el Inri de la intolerancia. Y ¿por qué en este caso y en el otro no? Porque no está el intríngulis en la persona, ni en sus razones, ni en el modo de exponerlas, sino en la cosa de que se trata, que, muy á menudo, es, de por sí, ridícula, ó impertinente, ó pueril cuando menos, y no resiste, sin deshacerse entre las manos, el análisis de un hombre de seso; al cual hombre, no pudiendo replicársele en buena justicia, en venganza se le pone un mote.