Cuando se despidieron en el Muelle, Alfredito se prometió á sí mismo que aquello no había de quedar así; y aunque no le ofrecieron la casa, no dudó que en ella sería bien recibido.

Aquella noche soñó con Luisita, con el párroco y con la luna de miel.

Desde el día siguiente se dedicó á recorrer bailes, reuniones, teatros y paseos con el objeto de encontrarse con su conquista, ponerse á su lado y echarla un discurso sentimental que llevaba estudiado. Pero todo fué en vano: ella no pareció por ninguna parte.

Un día le dijo su papá que en cuanto se lo permitieran los negocios de la casa, iba á hacer un viaje... lo menos hasta Torrelavega, y que él, Alfredito, le acompañaría.

Para el que nunca pasó de Cajo ó de Renedo, un viaje hasta Torrelavega es un acontecimiento vital.

Alfredito, pues, se echó á la calle para contárselo á sus amigos y consultarles sobre la forma de un traje al caso, y acerca de otros preparativos indispensables.

Como además de pollo era enamorado, pensó que el viaje le prestaba cierta aureola de interés. En su consecuencia, trató de hacer sus visitas de despedida, y consultó si debería ir á casa de Luisita, ¡único remedio que le quedaba á su abatida esperanza!

—¡Vete y sobre mí los resultados!—le dijo otro pollo que no tenía por dónde cogerse, en fuerza de ser flaco y encanijado.

—¡Oh magnífico amigo!—exclamó entusiasmado Alfredo, como se entusiasman los chiquillos siempre que encuentran un apoyo á sus antojos;—¡tú me reconcilias con el mundo que ya me hastía sin ella!... ¡Corro ahora mismo á verla!...

Poco después salía de su casa con lo más selecto de sus galas, en dirección á la morada de su conquista de Renedo, como él la llama aún.