Ya le hemos visto llegar hasta el estrado, y casi arrepentirse de tanta temeridad.

Los instantes que pasan sin que aparezca lo que él desea, los cree siglos. ¿Si vendrá ella? ¿si saldrá su madre? ¿si hará el diablo que salga el papá?

Esta idea le hizo temblar, y hasta le indujo á marcharse á la calle; pero entonces oyó crujir el vestido de seda de alguna persona que se acercaba á la sala, y se quedó. Era doña Tadea.

—Á los pies de usted, señora.

—Beso á usted la mano, caballero... No tengo el gusto de...

¡En buena me he metido!—se dijo el otro;—¡ya no me conoce!—Y perdiendo el color, dejóse caer en una butaca.

—Señora—balbuceó,—me he tomado la libertad de...

—Me parece—le interrumpió doña Tadea, después de reflexionar unos instantes,—que no es la primera vez que nos vemos; pero no recuerdo cuándo ni dónde.

—Hemos viajado juntos,—añadió el pollo, más animado ya.

—Ya recuerdo: hasta Renedo, ¿no es verdad?