—¿Y por eso—me replicas,—está tan llorosa y abatida; por un tío á quien nunca conoció, cuando hay padres cuya muerte no deja en el corazón de sus hijos más huella que la que dejó en el Océano el bergantín que condujo al grumete á Matanzas?
—¿Y eso qué, malicioso? ¿No ves que ese tío ha dejado á su sobrina la miseria de ciento cincuenta talegas, mientras aquellos padres han tenido la desfachatez de morirse ab intestato, por no tener de qué? ¿Qué menos ha de hacer doña Casilda que llorar unos días y vestirse seis meses de negro?
—¿Y esa gente que ahora la rodea?
—Son sus visitas que van á darle el pésame, después de haber rogado á Dios por el alma del difunto en las pomposas honras que se acaban de celebrar en la mejor iglesia de la población.
—¿Y por qué se presentan todos con cara de herederos?
—Porque, «donde estuvieres, haz como vieres».
La escena sigue muda algunos instantes más, hasta que doña Casilda se vuelve á la señora que tiene á su derecha para hacerla algunas preguntas.
Esto es para la reunión lo que el «rompan filas» para un pelotón de quintos; el «hasta mañana, señores» en una cátedra de humanidades. Cada uno se dirige hacia la persona más inmediata; y aunque á media voz, el semicírculo se fracciona en varias porciones y en otras tantas conferencias.
—¿Ha visto usted el correo de hoy, don Tiburcio?
—¡Ojalá no lo viera!