Nuevos personajes aparecen en escena. Es un matrimonio.

Todos se levantan para recibirle.

Los recién venidos penetran en el semicírculo; la señora enlutada y su marido dan dos pasos al frente y, sin cambiar con ellos una frase, les tienden la mano.

Luego se estrechan las señoras del sofá para hacer lugar á la que llega, la cual toma asiento y dice:

—No se molesten ustedes.

Su marido se coloca más abajo.

—Con permiso,—murmura, y se deja caer.

Después vuelve todo á quedar en silencio.

Ahora me preguntas tú, impaciente lector, ¿qué significa ese cuadro lúgubre? ¿Se ha muerto alguno?

—Sí, amigo: doña Casilda Guriezo, la señora enlutada, acaba de perder un tío en San Francisco de la Alta California; un tío á quien nunca conoció más que de oídas. Sólo sabe de él que hace cuarenta años marchó de su pueblo, en calidad de grumete, en un bergantín, á Matanzas, y que acaba de morir en remotos climas, legando su inmensa fortuna á los pocos parientes que le quedan en la madre patria.