IV
Supongamos que la escena pasa en un salón, á media luz, adornado comm'il faut.
En el centro de un muelle sofá está una señora vestida de rigoroso luto; á sus dos lados y en otros varios asientos, formando semicírculo, hay muchos personajes de ambos sexos, de distintas edades y parecidas condiciones. Todas sus fisonomías están graves é impasibles.
Los hombres miran al suelo mientras tocan en el bastón una marcha con los dedos, ó se afilan las puntas del bigote, ó se pasan la mano por la barba, ó juegan con los sellos del reló.
Las mujeres agitan el abanico, se arreglan la mantilla, tosen de vez en cuando y miran de reojo á la presidenta del mustio cortejo. Ésta lanza un hondo suspiro, levanta los ojos al cielo y hace un gesto como si tratase de contener una lágrima que asomara entre sus párpados, rojos como los de una cocinera que ha picado cebolla.
Su marido, sentado entre los concurrentes y á corta distancia de ella, contesta con un rugido que bien pudiera tomarse por el resuello de un cetáceo, saca el pañuelo del bolsillo, cruza las piernas y murmura:
—¡Cómo ha de ser!
Los demás personajes, por hacer algo, cambian de postura en sus respectivos asientos, suspiran por lo bajo y exclaman:
—¡Válgate Dios!
Después sigue un intervalo en que no se percibe otro ruido que el de las respiraciones y el de los abanicos que no cesan de agitarse.